Recuerdo a mi madre diciendo a sus hijas y nueras, “en la dieta no se desmanden, porque cuando sean mayores, todos esos descuidos les van a pasar factura”.

De igual manera, estos días he sentido un intenso dolor en los músculos de mi hombro y brazo izquierdo, al parecer el único motivo es una luxación que tuve cuando tenía veinte años, y este viejo y olvidado accidente empezó a cobrarme factura como decía mi madre después de treinta y cinco años.

Este dolor y estos viejos recuerdos traen a mi mente otra serie de accidentes o eventos que han sucedido a lo largo del mismo periodo: escándalos de corrupción que se suceden uno tras otro cometido por alcaldes, gobernadores y/o presidentes; cambios en la constitución política para perpetuarse en el poder; el asesinato vil y despiadado de toda una generación de líderes políticos a quienes acabaron por pensar diferente; obras que nunca se terminan, o refinerías, acueductos, centrales eléctricas que costaron miles de millones más de lo inicialmente presupuestado; y finalmente los miles de jóvenes asesinados por militares inescrupulosos que necesitaban un ascenso, unas vacaciones o simplemente un reconocimiento económico.

Estas heridas o fracturas no son ya en el cuerpo de ninguno, pero sí lo son en el cuerpo y en la memoria de todos, de toda la sociedad en la que nos tocó vivir, una sociedad que se debate entre el adormecimiento y el olvido. Una sociedad que no quiere tomar parte de esta realidad, una sociedad que todo lo olvida y todo lo perdona; una sociedad que se sienta como el juez soberbio, indolente y justiciero ante el adulterio de una actriz o los problemas de sobre peso de una cantante, pero olvida y perdona la corrupción, el desgobierno y los crímenes de lesa humanidad.

Me pregunto ¿hasta cuándo?, ¿cuándo empezarán estas heridas a pasar factura a esta sociedad indolente, ¿cuándo despertará todo ese dolor y esa  desigualdad generada por años y años de abuso de poder, de corrupción y de falta de escrúpulos con lo público?

Necesitamos cambiar, necesitamos hacernos responsables de nosotros mismos; necesitamos hacernos responsables de nuestros propios dolores, de esos dolores que como sociedad son propios, y de los cuales por acción u omisión hemos sido también responsables.

Ya es hora de generar los cambios que esta sociedad requiere, que nos hagamos parte de los procesos políticos, que participemos activamente, que reevaluemos el papel de los actuales líderes que nos representan y que son los realmente culpables de todo ese dolor acumulado.

Solamente cuando entendamos que la vida, al igual que los recursos públicos son sagrados; que los niños deben estar en las escuelas, en los colegios o en los parques y no en las masacres; que cada vez que muere un líder social, estamos matando la esperanza de toda una sociedad; que a las personas a las que elegimos las elegimos para que nos representen y protejan y no para que se enriquezcan. Solo en ese momento empezarán a sanar todo ese dolor, toda esa injusticia y desigualdad que como sociedad hemos acumulado, y así definitivamente empezaremos a sanar.

Para reflexionar: ¿Nos sentimos representados por nuestros representantes y senadores?