jueves, 13 de diciembre de 2018
Contexto/ Creado el: 2018-10-10 04:47 - Última actualización: 2018-10-10 04:49

Olía a dolor

Su abuela fue una de las más de treinta y tres mil personas que mueren de cáncer al año y la pequeña nieta estaba ahí para mirar a escondidas desde la puerta.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | octubre 10 de 2018

Por Leidy Guadalupe Hernández González

Fuera de una habitación habían puesto un colchón donde estaban todos los primos jugando y brincando, como si de una fiesta se tratase. Una pequeña husmeaba por la puerta el momento en que su abuela moría, mientras su tía la regañaba.

Es la tienda más antigua del pueblo. Se respira aire fresco porque se encuentra en el camino que lleva hacia el río. Un pueblo donde hay solo un cura y una iglesia y en donde el ‘Show de las Estrellas’ había ido una sola vez, pero la patadita de la suerte no se había quedado.

Allí vivía María Lilia. Una mujer de cabello completamente blanco, piel clara y de estatura alta. Su enfermedad estaba muy avanzada. La hija menor la acompañó luego de que en el hospital le dijeran que se fuera para su casa porque no podían hacerle más. El cáncer había dañado más de la mitad de su hígado.

Llévesela para la casa, le quedan pocos días de vida, dijo el médico.

“Entre pasos muy pequeños llevé a mi mujer a la cama” -cuenta Norberto- “no quería que muriera, pero estaba sufriendo mucho”.

Pronto, la mujer le pidió a una de sus hijas, la tía de la pequeña, que organizara todo. Que era el momento. Es una familia muy católica y la muerte es un encuentro con Jesús, así que tenían que tener todo limpio para su llegada.

Un olor a canela invadió la casa, Maritza afanada estaba trapeando el largo pasillo y limpiando el polvo de las repisas, mientras la pequeña que estaba en la puerta le decía que se quedara quieta

Mi abuela está muy enferma, ¡ayúdela!

No hija, hasta tomar agua le molesta, respondió Gladis, otra de sus tías.

La mujer de 60 años trataba de describir el dolor que sentía, pero prefirió empezar con sus antojos. Los de la familia comentan que cuando alguien está por morir lo que solicita son sus últimos deseos. “Mamá empezó a pedir jugo de mango con galletas, arequipe y luego pidió que todos hicieran silencio”, narra Lilia Amparo, la hija menor.

Mientras todo ocurría, a los ochos niños que habían dejado afuera sobre el colchón, les dieron chocolate y pan. Todos se untaron los cachetes y en sus barrigas había restos de la comida. La pequeña más inquieta era, en ese momento, la más pendiente de la abuela desde la puerta de donde no la dejaban pasar. Por un huequito lograba asomarse para ver qué pasaba con la mujer en la cama. Todo parecía que la “abue”, como la llamaba, que le daba piedritas en la mano, se la cerraba y le decía “guárdeme esta sortijita”, ya no iba a compartir más tiempo con ella.

De repente llegó el cura del pueblo. Antes de entrar al cuarto saludó, poniendo su mano sobre las cabezas, a todos los niños. La más pequeña que no se despegaba de la puerta le preguntó sin mirarlo a los ojos

¿Qué le pasa a mi abue?

Se va con papá Dios, le respondió el sacerdote.

La inocencia de la pequeña no le dio para más preguntas, aseguraba que la seguiría viendo y jugando con ella, sin saber que solo sería posible en sus sueños.

El sacerdote se dirigió a la enferma, le hizo oraciones, conversaron juntos. Parece que le confesó sus pecados y le dio permiso para irse. “Él hizo lo que debía”, cuenta Lilia Amparo, “solo teníamos que esperar”.

Del cuerpo de la mujer enferma salían olores que demostraban como el mal de salud la descomponia. La familia, en una herida abierta que tenía María Lilia, le echó café molido. La casa empezó a tener una mezcla de olores entre la canela del ambientador y la sangre untada de café. Aun así, la hija menor estaba arrodillada al lado de la cama de su madre, su cabeza sobre los hombros y las lágrimas recorrían sus mejillas.

Cayó la noche en el pueblo y en aquella casa prendieron las luces, los mosquitos empezaron a picar y las cigarras a chillar anunciando su muerte y la de la mujer. Seis de los primos que estaban jugando habían quedado, con la boca abierta, dormidos sobre el colchón. La inquieta pequeña y un primo hablaban sobre lo que pasaría con la abuela,

- el cura me dijo que se va con papá Dios

- pero mi papi me dijo que se mejoraría, añadió el varón.

María Lilia no pudo sostener más la mano de su hija y la soltó, la gente empezó a llorar, la mujer arrodillada en la cama se desmayó, la pequeña espectadora desde afuera gritó muy fuerte y preguntó

- ¿Qué le pasó a mi mamá, también se murió?

- No, solo tu abuela se fue al cielo, le respondió su papá mientras la alzaba en sus brazos.

Alejando a la pequeña de la habitación, el yerno de la mujer recién fallecida no quería ver cómo los labios de su suegra ya no eran más de color rojo por el colorete que solía usar, sino que empezaban a tornar de un color morado por su muerte.

La única, de los primos, que vio morir a su abuela aún guarda las sortijitas que la mujer le daba. “Yo la veo en mis sueños de vez en cuando, viene a saludarme, siempre está hermosa, le grito ¡abue!”, cuenta. Lilia Amparo, en cambio, dice que “cada año para mis cumpleaños la veo en un sueño, nunca me habla, solo me abraza y se vuelve a ir”. Así cada año se da cuenta que su madre ya no está a su lado, está -como siempre le dijeron a la nieta- con papá Dios.

María Lilia fue una más de las 33 mil personas que mueren de cáncer al año en Colombia. “Ahora que estoy viejo y enfermo quiero que ella se acuerde de mí, que venga y me lleve con ella”, dice Norberto (con voz entrecortada).

Hoy, la familia de María Lilia cada mes camina por un sendero donde las copas de los árboles se unen haciendo la forma de un túnel. Una de las mujeres, que va hacia el cementerio, lleva en sus manos un ramo de rosas para dejar en la placa blanca donde quedó grabado el nombre de la difunta. Hoy la mujer que lleva las rosas, es la pequeña que a escondidas vio la muerte de su abuela hace quince años.

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