domingo, 18 de noviembre de 2018
Opinión/ Creado el: 2015-01-08 02:51

La brujas de La Jagua

Por Diógenes Díaz Carabalí

Escrito por: Redacción Diario del Huila | enero 08 de 2015

La Jagua tiene un aire extraño, sus casas coloridas con techo de tejas de barro se debaten entre la quietud de una atmósfera calcinante a pleno mediodía, al son de la brisa que choca contra las paredes blancas apenas interrumpidas por pequeñas ventanas que impiden el escape de los misterios que se cuecen en sus interiores. La Jagua es un pueblo hermoso repleto de leyendas que reposan en los asientos de cuero donde ponían sus posaderas la multitud de brujas durante sus aquelarres. La Jagua es hospitalaria, sus gentes reciben al visitante con sonrisa maliciosa, alimentan el sentido de prevención con que se llega por sus calles empedradas.

Ubicado en el centro del Huila, cinco quilómetros adelante de Garzón, a orillas del río Suaza, posee un clima maravilloso. El viajero normalmente pasa de largo, sin detenerse, por eso, tal vez, aumenta el misterio de su existencia y su leyenda: ¡Un pueblo de brujas! Lo importante, aquí, las brujas no se queman ni se cazan con pepas de agraz ni de cerindo; las puede uno ver a plena luz del día volteando calzoncillos, porque según la leyenda, para capturarlas, se les pone una manga al derecho, otra al revés, con la seguridad de que las coge la luz del sol intentando recomponerlos. Por eso vale la pena entrar a La Jagua. Si estás de buenas, puedes sorprender una parvada bajándose de las escobas. El parque, frente a la imponente iglesia, es el sitio favorito para su aterrizaje.

Puedes tomar un brebaje en cualquier cafetería. Sin duda en el café te echarán alguna inodora pócima; no podrás esquivar el menjurje ni en una gaseosa Cóndor, porque en ella, con una hipodérmica, habrán inyectado el “chamico” o el “Quereme”, y con ojos taciturnos, con la pupila apaciguada marchará con la nostalgia por las rubias y narizonas mujeres que apacibles se dejan ver sentadas bajo los almendros. Esa condición hace que cada año se retorne.

Sin duda cada pueblo tiene su leyenda, su historia, su puta y su bobo. La particular de La Jagua son las brujas que sus habitantes alimentan y sostienen. No se inmutan ni avergüenzan por esa tradición centenaria, tal vez por culpa de un obispo de Garzón que quiso sentenciarles a vivir fuera de su feudo, para regalarles un paraíso donde pueden, con absoluta libertad, dedicarse a planear en escobas, a cocinar tripas de ranas con hojas de yerbabuena y patas de garza negra con hojitas de ajenjo.

A La Jagua van los políticos, los ladrones y los curas en busca de solución para sus males que no curan ni los discursos ni los robos ni los sermones de Viernes Santo. Van también los pastores pentecostales cuando hay baja de feligreses. Y van los hacendados cuando los nuches de las vacas pasan a sus lomos. A La Jagua van los enamorados con amores imposibles, van las tías solteronas en busca de sobrinos perdidos, van los primos con deseos inacordes para romper los nexos familiares. A La Jagua van todos los que tienen problemas insolubles. Una bruja espera con mirada penetrante y nariz de pico de águila para ofrecer un bebedizo de olor almentado. O una hermosa rubia para ofrecerte un racimo de mamoncillos.