lunes, 20 de noviembre de 2017
Opinión/ Creado el: 2017-03-19 08:50

Necesidad de dialogar

Toño Parra Segura

Escrito por: Redacción Diario del Huila | marzo 19 de 2017

La comunicación de Dios con el hombre se hizo desde el principio; lo creó por amor y el amor esencialmente es comunicación. Toda la Escritura es el aire puro de Dios para revelar al hombre su cercanía y su deseo grande salvarlo siempre.

Para esta tercera semana de cuaresma, el lenguaje delicado de Juan nos presenta una de las escenas más hermosas: Jesús, fatigado se sienta junto al pozo de Jacob, sitio muy conocido y tradicional, donde llaga la gente a sacer agua. No es simple coincidencia, porque en la historia de salvación no las hay, que en a la hora más caliente llegue también al pozo una mujer samaritana. Que bueno hubiera sido el tener una cámara filmadora para ver ese encuentro. El brillo en los ojos de Jesús, frente a la esquiva mirada de una mujer muy conocida en la región. Ella al ver la vestimenta y oír la primera frase de ese judío, seguramente que pretendió escapar, pero Jesús roca de vida eterna había previsto este encuentro lleno de ternura, de respeto y de sanación para esa mujer pecadora.

Jesús fatigado por tantos caminos de su misión rompe la ley que prohibía a los samaritanos el trato con los judíos. Porque para Él es más importante la persona que las leyes. Corre el riesgo de ser mal interpretado aún por sus mismos discípulos y entabla con ella el diálogo más hermoso en toda la historia del hombre.

El Hijo de Dios, el creador del agua, el que le repartió y dividió desde el paraíso y la hace brotar en el desierto desde una roca para atender la desesperación del pueblo, ahora sentado en el borde del pozo le pide a una mujer: “¡Dame de beber!” (Jn. 4,7). Cuando Él pide algo es un pretexto de dar después en abundancia. Jesús en esa armonía divino-humana de su naturaleza, se acerca a cada persona y la acepta como es, y esta es la base de todo diálogo y de toda comunicación.

Maneja toda circunstancia con la intención de salvar al que acepta su Palabra. Hubiera podido como buen psicólogo entrar en su vida de desarreglos morales y dejarla avergonzada por la vida que estaba llevando, recordarle las leyes, tratarla de corrupta y despreciarla con un falso moralismo. No lo hace, prefiere más bien tocar la curiosidad femenina para crear los espacios de que sea ella misma la que le cuente los secretos de su vida.

Él quería y pedía agua, ella toma la petición en el sentido literal del agua profunda del pozo; Él quería que lo conociera como Don de Dios para evitar el trajín diario de venir siempre al mismo pozo y de pronto “el Massá y el Meribá” de un agua que siempre se agotaba.

Cuando no se sabe dialogar al estilo de Cristo, cada esfuerzo es más inútil e ineficaz. Restablecidos los canales de la comunicación, todo resulta más fácil y por eso ella le responde: “Señor, dame de esa agua que tú prometes para no volver acá” (Jn. 4,15). Eso es conversión, sin miedo, inmediata, la que se nos pide en la cuaresma: no regresar a los pozos profundos de nuestro orgullo, de la vanagloria que nos incapacitan primero para ser sinceros con Dios y después para poder comunicarnos con los hermanos.

Jesús le nombra al marido (Jn. 4,16), para dar la ocasión a ella de reflexionar; la Palabra y el encuentro con el Señor llevan a esto, a mirarse frente a Dios y eso se llama fe. La vida física nos viene del agua, la espiritual por el bautismo, la de salvarnos con el encuentro personal con Jesús. Si ya estamos bautizados tenemos que renacer. Cuando las palabras no son sinceras no puede haber diálogo ni cambio.

Recordemos que si Jesús nos pide algo es seguramente para saciarnos del agua que salta hasta la Vida Eterna.