lunes, 20 de noviembre de 2017
Opinión/ Creado el: 2017-04-20 09:01

Nelly Bonilla

Diógenes Díaz Carabalí

Escrito por: Redacción Diario del Huila | abril 20 de 2017

Nelly Bonilla Vitoviz dedicó por lo menos los últimos veinte años de su vida a la conservación del medio ambiente, un oficio considerado aún de soñadores, de medio-locos, porque, la verdad, aún no estamos convencidos de que debemos cuidar nuestra casa, cuidar nuestra madre, nuestra tierra. Por eso, con tesonera actitud, así fuera con solo su voz, se escuchaba pregonar con labor insistente para construir una entidad que se encargara de los residuos sólidos en La Plata, Huila, la Pre-cooperativa Los Pinos, ejemplo de cuidado medioambiental y trabajo solidario con las personas vinculadas a la actividad del reciclaje.

La encontré años después de haberla conocido en el Colegio San Sebastían, donde se desempeñó como pagadora cuando fui a cursar mi bachillerato. Era una mujer integra, de aquellas que llamamos en nuestra cotidianidad “verracas”, dada a ir más allá de su trabajo para lograr objetivos por encima de los meramente institucionales. Yo era todavía un niño y la recuerdo por su sentido humanitario, para una persona que venía del campo cuando cursar estudios secundarios era toda una realización.

Desde entonces conté con su amistad. Encontrarnos al calor de un café era una ceremonia inevitable en esos retornos por recordar momentos entrañables de la patria que nos había visto crecer. Ella, al lado de Carlos su esposo, mantenía un espacio para hablar de temáticas y de ensueños; nos unían dos cosas que nos eran comunes, que sirvieron para sentirnos vivos y parte del mundo: la ecología y  la literatura. Era una mujer práctica, pragmática, no tan pegada a credos e ideologías, más bien a la realidad de un mundo que merece ser salvado. Una mujer que amaba su entorno, su pueblo, al que dedicó la mayor parte de su vida, entre sus paisanos, con el farol del servicio como medida.

Fue alcaldesa, con una gran labor que aún hoy la recuerdan sus paisanos, de gran sensibilidad por el campesino, conocedora de la dura brega por conseguir el pan de cada día en las agotadoras jornadas de labrar la tierra, a la que dedicó su vida su padre, por eso la atención abierta y pronta para los campesinos que buscan en la autoridad solución a sus angustias.

Se ha ido Nelly Bonilla, Nelly, la doctora. Para mí se ha ido la amiga, de las escasas personas que buscaba en mis retornos a mi ciudad por una charla amena, por enterarme de los acontecimientos parroquiales de una comarca que abraza el futuro con la despreocupación de cuidarla, a la que Nelly Bonilla estaba signada, lo que constituye su legado. Lo de Nelly Bonilla es para esquivar fechas, de cuando nació, vivió y se marchó de en medio de nosotros, porque parece vivir cerca por siempre. Para quienes creemos en la recompensa eterna, Nelly ocupa un lugar especial en la casa del padre, por su lucha por conservar la creación con que el señor se solaza. Paz en su tumba, y que su legado perdure entre nosotros para siempre. Que nuestras generaciones venideras piensen, cuando tomen un vaso de agua, que hubo una mujer entrañable que puso su vida para mantener limpias las fuentes y el suelo que la filtra.