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martes, 25 de julio de 2017
 
OPINIÓN/ 2017-03-15 09:10

Status

Gloria Cepeda

Escrito por: Erick Rojas | marzo 15 de 2017

“Los senadores dijeron que no podían permitir que en razón de su status, hubiera una institución inferior a la Corte que los juzgara”, dice el exministro Esguerra en dos escasas líneas aparecidas en El Tiempo de hoy martes 14 de marzo, en relación con el título de la noticia correspondiente: “Los congresistas saldrían del radar de la Corte Suprema”.

Después de intentar infructuosamente de abrirme camino en la espesura esa la selva, donde las primeras y segundas instancias, Leyes Estatutarias, casaciones, reformas constitucionales con ocho debates a bordo y demás plantas exóticas o carniceras (según la dirección del viento), se regodean ante la voluminosa horda ignara –de la que hago parte-, decidí anclar en costa conocida:  la frase que encabeza estas líneas protagonizada por la palabra status, único y poderoso argumento esgrimido por los Honorables en su jurídico,  críptico –no crítico… ¿o sí?-, totémico ¿Y por qué no?, camaleónico  y  demás amenazantes esdrújulas que hacen de las suyas, me pregunto por qué   abusamos en forma tan falaz de la indefensión  de las palabras.

No hay derecho a que la palabra status, latina de origen y madre de numerosas acepciones referidas a la “vana, variable y ondeante” condición humana, se halle convertida en la “Posición que tiene una persona desde el punto de vista económico o social” (Pequeño Larousse Ilustrado, 1984).  Lo  que desconcierta es el abuso de poder presente hasta en la selección semántica. Hay estados inopes, vulnerables, de indefensión, de minusvalía,  de ignorancia…  pero ésas son las   situaciones “normales” de quienes casualmente  se orientan por la  misericordia de la estrella polar.

De ahí viene la célebre fracesita: “Usted no sabe quién soy yo”, que mientras tuvo rating promovió las más hilarantes caricaturas en los medios. De ahí vienen nuestras limitaciones mentales y la preponderancia del dinero, el poder y el sexo hasta en los que se consideran pensadores y constructores de nuestra incipiente democracia.

Mientras  la familia del asesino Rafael Uribe Noguera, el clan de los angelitos de Probolsa, los empresarios, militares, jueces, congresistas,  políticos de izquierda y de derecha, altos funcionarios del estado y demás perlas, cómplices de lo más lesivo  que anida en las madrigueras de la putrefacción nacional, tienen su propio “status” con cárceles domiciliarias y todo lo que entraña nuestra hipocresía de Alto Turmequé, los grandes y pequeños delincuentes, pertenecientes las cloacas de la sociedad,  poseen solo un  “estado” que los condena a situaciones de hacinamiento y crueldad inconcebibles en esas escuelas del delito que se llaman cárceles en Colombia. Esto sin olvidar lo peor de todo: los inocentes, los limpios, los probos que languidecen tras las rejas desamparados por un justicia que merecería poseer no un estatus sino el más de los indefensos estados de vida que alberga esta mezcolanza siniestra en que nos hemos convertido.