Diana Sofía Giraldo

El Papa Francisco sorprendió una vez más al mundo católico. En su intervención anual ante el clero de Roma dejó muy en claro, a quiénes aún tenían dudas, que las reformas de la Iglesia van en serio: «debemos tener la valentía de estar dispuestos a todo; debemos dejar de pensar en la reforma de la Iglesia como un remiendo en un vestido viejo, o la simple redacción de una nueva Constitución apostólica”.

Recordó que las crisis, incluida la de la Iglesia,  son parte de la vida en la historia de la humanidad y deben conducir a la esperanza. «Quienes no miran la crisis a la luz del Evangelio, se limitan a hacer la autopsia de un cadáver».

Fustigó con dureza a quienes transforman las crisis en confrontación. Los llamó «chismosos». Según Francisco, el primer mal al que lleva el conflicto, “y del que debemos tratar de alejarnos, es propiamente la murmuración, el chismorreo, que nos encierra en la más triste, desagradable y sofocante autorreferencia, y convierte cada crisis en un conflicto”.

Pero también reconoció a aquellos que no hacen lectura desesperada de la crisis y le apuestan a la esperanza: “La esperanza da a nuestros análisis lo que nuestra mirada miope es tan a menudo incapaz de percibir”. “Dios sigue haciendo germinar las semillas de su Reino entre nosotros. Aquí en la Curia hay muchos que dan testimonio con su trabajo humilde, discreto, silencioso, leal, profesional y honesto».

¿Cómo recibe el clero este contundente anuncio con regaño incluido? ¿Se convertirá la crisis de la Iglesia en oportunidad de reencuentro? O ¿temerán, quienes piensan distinto al Santo Padre, que al expresar abiertamente sus posiciones, estas sean reducidas a «chismorreo y autorreferencia» para crear conflicto? ¿Docilidad y lealtad a la Iglesia podría ser interpretado como guardar silencio ante la diferencia de posiciones?

Sobre Jorge Mario Bergoglio seguirán corriendo ríos de tinta para descifrar su verdadera personalidad y la manera cómo será recordado por la historia. Si como un santo revolucionario que modernizó la Iglesia, sacó a la luz sus heridas más profundas para sanarlas con Misericordia o como un Papa bien intencionado que con su estilo crudo e interpelante contribuyó a dividirla. ¿Quién es realmente este Pontífice que despierta vítores y simultáneamente desconcierta a muchos? ¿Es un profeta escapado de las páginas del evangelio para interpelar a una humanidad descreída y esclavizada por el pecado? O ¿su pasión por la política pesa más en su personalidad que su misión espiritual como sucesor de Pedro? ¿Es más político que apóstol?

«Cada uno de nosotros, cualquiera que sea nuestro puesto en la Iglesia, debe preguntarse si quiere seguir a Jesús con la docilidad de los pastores o con la autoprotección de Herodes, seguirlo en la crisis o defendernos de Él en el conflicto”.

Cardenales, obispos, sacerdotes y laicos del mundo entero debaten en privado. Que el Espíritu Santo los ilumine y les dé el discernimiento necesario para que la reforma del nuevo «vestido de  la Iglesia» se haga de manera abierta, transparente, sin miedo a expresar las diferencias y sobre todo con espíritu de Amor y Misericordia, que han sido los sellos de este pontificado.

Que al interior de la Iglesia se haga vida el «apostolado de la oreja». Para que «esta crisis se convierta en tiempo de gracia», para usar sus propias palabras.