No conozco si ha nacido en mí un interés espontáneo por Daneidy Barrera Rojas, sin embargo, supe de ella hace ya algunos años, porque repitió la fórmula que a muchos les han funcionado para lograr la fama en este país, empezar por el ridículo y terminar por la irreverencia.

Para nadie es un secreto que deba auscultarse de forma juiciosa, que Daneiby procede de una de las millones familias de nuestro país, donde las limitaciones y necesidades son más frecuentes que las oportunidades y posibilidades de salir adelante. Es a esa parte de nuestra sociedad a la que solo se le dan las cosas, por milagro o golpe de suerte.

A ella le sucedió lo segundo, por cosas de la vida y el naciente auge de los “influencer” y con solo 18 años, invitaba a apoyar a nuestra selección en la Copa América de Estados Unidos con un canto que ella misma había inventado. En una sociedad que vive decidida a poner límites entre sus clases la respuesta no se hizo esperar, su comportamiento y actitud generó el foco necesario para que llovieran comentarios negativos y fuera objeto de ridiculización, lo cual poco le importó, pues ya era conocida.

Estaba en los 15 minutos de fama, con esos que sueñan muchos, pero que por lo efímeros son más flor de un día que un estilo de vida.

Por ello insistió en más estupideces y el público aplaudió y cada momento su afán de ganar más seguidores la llevó a vincularse a unas marchas que se realizaban en ese momento y donde lo de moda era la destrucción de lo público como tantas veces ha ocurrido. Martillo en mano se fue contra Transmilenio, y con camarógrafo a bordo lo registró, lo publicó en sus redes y automáticamente se perfiló como delincuente.

Esta semana Daneidy fue condenada por el Tribunal Superior de Bogotá, en segunda instancia, a 63 meses de cárcel, la justicia entonces se muestra triunfadora como pocas veces la vemos actuar.

La condena, más que un resarcimiento a la sociedad por el daño realizado por Barrera Rojas, es un mensaje directo a un sector que ha insistido en que lo público se puede destruir, que la autoridad se hizo para ser burlada y que las leyes no deben ser acatadas cuando consideremos que no son justas, como si ese raciocinio pudiera ser maleable según los intereses de cada uno.

La condena es ajustada a la ley, sin embargo, la pena no parece en este momento necesaria, proporcional, ni razonable con lo hecho. Ella misma se delató, ella misma ha pedido perdón, ella misma ofreció resarcir los daños y lo hizo, ella misma hoy muestra que se arrepintió de lo que hizo. Entonces en este caso el hecho no quedó impune, la estupidez tiene que costarle a Daneidy, pero en esa proporción asusta.

El mensaje llegó a todos definitivamente, quedó claro que lo público en todas las proporciones es sagrado, pero igualmente quedó claro que la justicia sigue siendo como la serpiente, muerde más duro al que va descalzo.