Amadeo González

Tras plantear la posibilidad y la opción de convocar en su momento, conforme a los cánones constitucionales la revocatoria del mandato y de proponer como lo hemos hecho en múltiples ocasiones la posibilidad de encontrar que las mismas comunidades realicen ese ejercicio de un juicio de responsabilidad social e histórico a sus gobernantes, hemos de advertir entonces, que frente a estas opciones, se ciernen una serie de contradictores por una parte, y por la otra, de oportunistas que ven en esta interpretación de los derechos ciudadanos un ejercicio populista y demagógico al que estamos acostumbrados, y del cual pretenden obtener provecho.

Inicialmente queremos dejar en claro, que nuestra soberanía y el pregón que hacemos de nuestra democracia, no es más que el fruto de toda una forma populista y demagógica a la que hemos llegado y con lo cual, la clase política nos ha acostumbrado a hacernos ver, que solamente somos útiles en el momento en el que se realiza la pantomima de las elecciones, pero que realmente en los procesos electorales, nunca se elige a los mejores, nunca se elige a las personas más afortunadas con la moralidad y con la ética y mucho menos a los más capaces, lo cual es símil a los procesos que se manejan en las entidades privadas.

La realidad es que los electores son llevados siempre a las urnas para procesos en los cuales, los gobernantes y quienes controlan el poder, establecen en forma secreta o entre unos pocos, el manejo de la cosa pública, hasta el punto que nos imponen unos candidatos, manejan sus propios postulados para el conteo de los votos y todos saben quiénes han de ser ganadores, incluso con la presencia de toda clase de “aceites” o “prebendas” utilizadas en democracia, para acceder al poder.

Ante algunos amigos y conocidos he sido siempre pregonero de la necesidad de ese juicio de responsabilidad social y política y que ese juicio histórico se haga en vida de los dirigentes que nos han llevado a esta hecatombe social, donde han sido los encargados de manipular a base de corrupción y de las formas de “aceitar las maquinarias del poder con los recursos del Estado”, y han generado todo este proceso que ha terminado por hacernos perder credibilidad en las instituciones y saber que todos somos engañados a todo momento y a cada instante por los gobernantes, de hoy, de ayer y de siempre.

Es en ese orden de ideas que las opciones constitucionales para el ejercicio del poder público, terminan por generar procesos populistas como el que ahora se presenta, para abusar de la revocatoria del poder y terminar por anular física y psíquicamente a quienes fueron elegidos, muy mal elegidos, pero que detentan el poder y por tanto, son los que llevan adelante los procesos de ejercicio de las maquinarias para prolongarse en el poder.

Esa demagogia que se esconde en defensa de nuestras instituciones, en defensa de la legalidad, de la justicia y de la equidad y por el restablecimiento de los controles del poder público, no se la creen ni los mismos promotores de estos procesos, por cuanto, cuando la ciudadanía no tiene altura, ni dignidad, ni orgullo en sus procesos políticos y ha elegido a cualquier individuo en esos altos cargos, ha de exponerse a sentir y sufrir las consecuencias de su ignorancia, de su falta de racionalidad y de su propio derecho a la autodestrucción de sus instituciones.

Democracia para Colombia, es sinónimo de populismo, sinónimo de demagogia, sinónimo de corrupción y así las cosas, hasta que no se haga un ejercicio por reconocer y valorar al otro, cualquier intento por edificar sociedad, para nosotros los colombianos, no deja de ser más que un entuerto que no nos ha de llevar a ninguna parte.

El ejercicio de tantos procesos revocatorios y un solo caso en toda su historia que ha salido avante, es suficiente para entender que quienes asuman un proceso de esta magnitud deben saber convencer y convocar para que cualquier nuevo intento sea exitoso. De lo contrario, todo será inútil, como esta democracia que hemos entronizado en medio de la violencia, del caos y del dolor.