Despedir con dolor manifiesto a los seres queridos que parten hacia el más allá, ha dejado de ser un derecho para el hombre del siglo XXI. Es por culpa del Corona Virus. La aplicación exigente de protocolos de bioseguridad, ha llevado al traste con los ritos masivos en toda clase de culturas e iglesias, ha suspendido las caravanas de luto y frustrado los abrazos que solían comunicar solidaridad en la pena. La razón es obvia: No se quiere sumar otra muerte  a la del fallecido, probablemente la de quien quiere acompañar a los deudos del difunto.

De cierta forma, el aciago panorama hace que la muerte cada día nos sorprenda menos; ella está aquí entre nosotros y aunque difícilmente la pensamos como nuestra vecina constante, no solemos recrearla para nuestra propia casa. El hecho es que a cada instante está más cerca, como el depredador de la presa. En este ensombrecido panorama, las campanas han dejado de doblar en nombre de cristianos, el muro extraña las lamentaciones, los cantos de despedida ya no hacen eco en mezquitas, y en el Ganges no hay multitud para soltar fuegos sobre el cadáver echado al
naufragio.

Este virus del demonio nos está matando, decía un estudiante de esoterismo, lamentando el adiós de un miembro de su cofradía, el gran Humberto Oviedo, instructor internacional de gnosticismo, a quien solo pudo despedir desde una oración en casa y con un mensaje de WhatsApp a su esposa y familia.

El caso es que junto a la privación de este natural derecho a manifestar el dolor, también se esfuman otros beneficios materiales como son los ingresos de ventas por insumos asociados al duelo, ejemplo: las flores, el café  en salas de velación y tamales en la última noche de los novenarios, las limosnas en misas, el combustible en el motorizado cortejo fúnebre hacia la última morada, las ropas del luto, la colecta para la viuda, etc. Igual privación se vive cuando el adiós al ser querido deja de ser el motivo para reunir a toda la familia cuyos miembros hace años no se
veían físicamente, no fundían sus abrazos.

Ahora los científicos dicen que esta extraña y maléfica manifestación que devasta a la humanidad, está mutando, haciéndose más fuerte, y que no hay garantía de que la ansiada vacuna sea efectiva, puesto que ésta ataca la versión inicial del virus que apareció a finales de 2019 en Wuhan – China, mas puede resultar ineficiente frente a las cepas inusitadas que hoy, fortalecidas, campean entre la pobre sociedad doliente, que cuál ganado para el matadero, no quiere imaginar el frío acero que lo aguarda.