Por: Winston Morales Chavarro

El coronavirus es el primer llamado de atención que nos hace el planeta en el albor de este milenio. Ya vendrán muchos detrás suyo.

Mientras la especie humana no reconsidere varios puntos de este mortuorio sistema de valores, la naturaleza seguirá reaccionando y respondiendo como sólo ella sabe hacerlo. Toda acción tiene su reacción y toda causa su efecto. Es hora de volver la vista atrás, hora de darle su negado espacio a los animales y al medio ambiente, y que el respeto por toda especie viva sea lo primero en esa nueva escala de valores.

Uno de estos viejos paradigmas por revaluar es el especismo. Ha llegado el momento de comprender que la «supremacía» del hombre sobre los otros seres vivos no es sólo un crimen, sino también un acto de estupidez y egoísmo «civilizado».

La Tierra es un lugar de paso, nada de ella nos pertenece; debe ser respetada y resguardada para quienes vienen siguiendo nuestras sombras. Ni los árboles, ni los ríos, ni los suelos, ni los océanos y mucho menos los animales, son productos de nuestra canasta familiar.

La Tierra, nuestro planeta, es nuestro patrimonio común y es un ser vivo, un sujeto pensante con derechos; es un corazón y un pulmón, una arteria y una neurona, un torrente sanguíneo y un leucocito. Somos un apéndice del planeta, pero nos comportamos como el escalpelo que lo desangra y hiere a muerte.

Está más que demostrado que el hombre no se alimentará de dinero, de petróleo, de esmeraldas ni de diamantes.

Lo del coronavirus es sólo una señal, un llamado para regresar a la conciencia, al respeto por las leyes universales, al retorno con la unidad divina.

Es ahora o nunca.

Debemos arrepentirnos de cada gota de agua desperdiciada, de cada afluente contaminado desde nuestra fuerza asesina. En la ducha, en el lavamanos, en el sanitario se desangra el mundo. Si la tierra tiembla y llora, cada gota de agua contaminada es una lágrima suya, cada gota una herida que sangra por dentro.

Tanta hambre que tiene el ser humano en devorar los recursos naturales no renovables y después no tendrá agua para masticar todo lo que se ha tragado en su voraz apetito.

En este nuevo orden mundial que se avecina, los animales y el medio ambiente deben ser mirados como sujetos y no como objetos. Debemos recuperar esa conexión espiritual con las plantas, con los océanos, con las montañas y con los ríos. Pedir permiso, como hacían los aborígenes y nuestros ancestros, para irrumpir en la tranquilidad y en el equilibrio de la unidad cósmica.

Toda especie de animal debe ser mirada con respeto, no sólo los animales domesticados, sino también aquellos que se esconden por nuestras amenazas de depredadores mayores. Basta ya del asesinato indiscriminado a nuestros recursos naturales, basta ya del maltrato irracional de los animales. El hombre debe parar, debe detenerse, debe frenar su voluntad depredadora y destructora. El planeta sabrá agradecerlo.

El planeta es un sujeto pensante y no un objeto, por eso debemos entrar en correspondencia con la ecología, la biodiversidad, el cambio climático, el desarrollo sostenible, la regeneración de los recursos naturales, el medio ambiente como motor y lugar común de convivencia y encuentro. Es ahora o nunca.