miércoles, 13 de noviembre de 2019
Contexto/ Creado el: 2019-10-07 09:36

Remembranza en bicicleta

Con la brisa que aún es fresca y placentera a esa hora de la mañana, emprendí el viaje al municipio de Rivera en bicicleta, una alternativa de transporte que en los últimos años ha cogido mucha fuerza en la ciudad y que es bueno para la salud y el medio ambiente.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | octubre 07 de 2019

Por: Darwin Méndez

La alarma del despertador sonó a las 5 y 30 de la mañana. El canto de las aves que volaban y revoloteaban en los diferentes árboles del parque que hay frente al apartamento donde vivo, hicieron que el despertar y levantarme de la cama no fuera tan difícil.  Aún adormecido, mientras miraba por la ventana el ritual de estos encantadores pájaros, me imaginé siendo un ave, despertando todos los días con la misma energía e ímpetu al percibir los primeros rayos del sol y no sufrir del doloroso letargo que siento al tener que separarme de la cama antes de las 6 de la mañana.   

Después de tomar un delicioso café, que desvanece todo sopor, me dispuse a vestirme y organizar los elementos que necesitaba para mi paseo de domingo en bicicleta:  agua, bocadillo, cédula, celular, audífonos y 20 mil pesos por si hay una pinchada o algún antojo en carretera.  Con la brisa que aún es fresca y placentera a esa hora de la mañana, emprendí el viaje al municipio de Rivera en bicicleta, una alternativa de transporte que en los últimos años ha cogido mucha fuerza en la ciudad y que es bueno para la salud y el medio ambiente.  

Tomé la carrera 6 w y luego la carrera 7w que conecta con la Avenida Circunvalar. Al pasar por el puente sobre el río las Ceibas, llegaron a mi mente hermosos  recuerdos de la infancia, corriendo con mis amigos a orillas del río, jugando a policías y bandoleros y después entrando al parque la Rebeca, el espacio popular más importante de la ciudad en su momento, donde las familias de Neiva llegaban a pasar el domingo para divertirse en las rudimentarias atracciones mecánicas,  entretenerse en los columpios y deslizadores de hierro, refrescarse en la piscina, jugar al fútbol y baloncesto o deleitarse con las mazorcas asadas y caramelos; era el espacio de encuentro de personas de diferentes condiciones sociales y, especialmente, de los enamorados.  Con cada pedalazo que daba un nuevo recuerdo aparecía, recuerdos de esos que dan nostalgia y más, cuando ese espacio fue desmejorado porque una carretera primó sobre el esparcimiento sano de miles de ciudadanos.

Recuerdos del sur de Neiva

Llegué a la Avenida Circunvalar, paseo de unos cuantos kilómetros junto al malecón del río Magdalena, que a esa hora estaba casi desolado, de no ser por algunos indigentes que deambulaban por la orilla del río.  Seguí por la rotonda de la Madre Tierra, luego el Terminal de Transportes hasta desembocar en la avenida Max Duque.

Al entrar a esta importante arteria vial, que comunica el sur con el centro de la ciudad, recordé que esta calzada era una verdadera trocha llena de huecos y polvo por donde transitaban contados autos, que por necesidad tenían que llegar hasta el corregimiento del Caguán; sus alrededores eran potreros con algunas vacas y chivas.  Evoqué también mi adolescencia y parte de mi juventud cuando por esos potreros caminaba en compañía de mi abuelita Leonor (q.e.p.d.) en busca de escobas de rama para barrer el patio y el antejardín de la casa y del abono natural dejado por las vacas, que hacía que sus plantas lucieran radiantes. Ahora, existe una doble vía pavimentada, conjuntos residenciales y un variado comercio, que demuestran el desarrollo de este sector de la ciudad.

Amantes de las bielas

En este punto del recorrido, los amantes de las bielas empezaron a aparecer de todos lados. Jóvenes, adultos, señoras, señores, en bicicletas profesionales, otras no tan profesionales como la mía; un río humano de emocionados deportistas empezaba su rutina montados en sus caballitos de acero, que ahora no son del todo de acero, algunos tienen materiales de aluminio, titanio y fibra de carbono que los hace más livianos. 

En el trayecto hacia el Caguán se fueron formando pequeños pelotones a diferentes velocidades. Intenté acomodarme al que se ajustara a mis capacidades;  un grupo de 15 corredores que rotaba aproximadamente a 35 kilómetros por hora fue el escogido. En la cola del pelotón “chupe” rueda todo el trayecto, tratando de resguardar fuerzas para el ascenso al poblado de la Ulloa, reconocido por la producción de vino de uva artesanal.

Al pasar el Caguán, se observan las primeras estribaciones de la cordillera oriental y su pico cerro Neiva. El paisaje adquiere diferentes tonalidades de verde que lo hacen muy colorido, pero se debe tener cuidado al contemplar el panorama, porque la carretera es angosta y algunos pedalistas manejan de manera imprudente, por lo que se debe estar concentrado para evitar accidentes.   

La escalada a la Ulloa, que para la mayoría sería como un puerto de montaña de primera categoría, empieza a tener sus primeras rampas, que rompe las piernas de los principiantes.  Los rostros de los escarabajos en formación toman expresiones de dolor, incertidumbre, impotencia, cansancio, que con el correr de los minutos y ante la rigurosidad de la cuesta se magnifican.  El desespero por encontrar el piñón y plato adecuados, que permitan una cadencia de pedaleo suave, se vuelve un desafío ante el extremo cansancio que bloquea el pensamiento y los movimientos.

Con la motivación de creerme Nairomán o el jardinerito de Fusagasugá, llegué al parque donde finaliza la cuesta, sobrepasando la fatiga extrema que me impedía hasta respirar.  Durante la subida y en el parque, diferentes vendedores ofrecen jugos, frutas, pasteles y otras comidas que ayudan a recuperar las fuerzas y evitar la famosa “pájara”, (situación en que el rendimiento físico se deteriora bruscamente a causa del agotamiento de las reservas de glucógeno del hígado y los músculos). Yo preferí comer un pedazo del bocadillo que llevaba y bajarlo con unos buenos sorbos de agua de la caramañola. 

Después del descanso y de retomar energías, emprendí la marcha. Al pasar por la vereda El Guadual y ver la casa finca que años atrás perteneció a mi tío David, conocido en toda la zona como el “rey”, me produjo un flashback de los paseos a su vivienda, de los juegos debajo de las plantas de cacao, del sabor dulce y la carnosidad de su fruto, del olor fuerte del cacao secándose al sol, de la preocupación de mi tío para que no botáramos las pepas al suelo, ya que de ellas dependía su sustento y el de su familia, de sus historias y chistes que lo hicieron famoso.  En aquella época, para llegar a la vereda se hacía por el municipio de Rivera, pues la carretera a la Ulloa era tan solo un camino de herradura.

Rivera y su auge turístico

Crucé el puente sobre el río Frío y la galería municipal de Rivera, a esa hora algunas personas caminaban por los alrededores haciendo mercado. Finalmente, llegué al parque principal, dejé la bicicleta junto a una de las bancas donde decidí descansar, comí el resto del bocadillo que me había quedado mientras miraba el templo de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y el monumento a los concejales asesinados por las Farc. 

En las sillas del parque había jóvenes y turistas, lugar que, en otrora, ocupaban los adultos mayores que se reunían a conversar de sus vidas y de la vida de los demás.  Rivera, sin lugar a dudas, ha cambiado; ya no es el pueblo tranquilo y silencioso donde el único atractivo eran las aguas termales. Hoy, presenta una amplia oferta de fincas campestres, reconocidos restaurantes con variados platos gastronómicos, establecimientos especializados en postres, actividades de eco-aventura, entre otras, que lo convirtieron en un destino turístico muy frecuentado, especialmente por los neivanos.

Pronto serían las 9 de la mañana, me subí otra vez a mi caballito de acero y tomé la calle principal para regresar por la nueva troncal el Juncal – Neiva.  El día seguía nublado, ideal para el ejercicio, pues cuando el sol calienta es más difícil pedalear. Al descender hacia la vía nacional y divisar las novedosas viviendas campestres, me sentí viejo con tantas imágenes y añoranzas del pasado; entonces entendí a mis abuelos cuando hablaban con nostalgia de sus recuerdos de la infancia.

Mientras seguía pedaleando, a mi mente llegó un segmento de la novela “El amor en los tiempos del cólera” de Gabriel García Márquez, que dice: “Era todo magnífico. La vida era como un cuento de hadas. La suerte no parecía acabar nunca. El amor llenaba los días y las noches. Ni un enojo, ni una pizca de soledad y hasta levantarse temprano cada mañana resultaba inmensamente satisfactorio. Luego llegó el presente y todo se derrumbó, anticipando el futuro como una imposible misión que pesaba ante unos ojos temerosos por lo que vendría.

El presente se convertirá mañana en el pasado y vuelve la rueda a girar, con la misma versión ampliada a medida que pasan los años, ya que habrá algunas historias más por recordar”.