Por: Julio Bahamón

Parapeto

 

La semana anterior recibí un correo de parte del colega Marcos Silva en el que me copio un artículo que escribió el profesor, Dr Álvaro González Ph. D    donde afirma que el ejercicio de la profesión de la ingeniera en general se ha venido desdibujando porque se ha confundido el primer paso de graduarse como ingeniero, en uno cualquiera de sus programas, con el siguiente paso, de ostentar licencia para ejercer el oficio de ingeniero. El profesor González parte de la base “de la observación que se tiene en Colombia cuando se visitan regiones y localidades, pues a pesar de reconocer la belleza de sus paisajes uno se da cuenta de la realidad triste y poco esperanzadora, ya que la mayoría de la infraestructura del país no solo es obsoleta, sino de mala calidad”. Gran parte del problema tiene su origen en los siguientes aspectos: corrupción, pobres estándares de calidad y profesionales con escasa capacidad de competencia. El conferencista asegura, igualmente, que existen enormes diferencias en los conceptos que normatizan la profesión de los ingenieros en los países más desarrollados frente al nuestro. Por ejemplo, en Colombia una persona que se gradúa como ingeniero se considera  apto para ejercer la profesión como constructor de obras civiles al momento en que  recibe el diploma de ingeniero, pero la verdad es que la mayoría lo toman sin tener muchos conocimientos para adelantar los estudios y diseños de las obras, ni en profundizar sobre el comportamiento de los suelos, ni de los  materiales necesarios para cada obra, y sin embargo,  le otorgan  el permiso como constructor con la sola diligencia ante el Consejo profesional Nacional de Ingeniería, COPNIA,  lo que lo habilita para el ejercicio de la profesión. Pero no es igual, lo reafirma el Dr González, ya que, según su experiencia, una cosa es graduarse en un programa de ingeniería y otra recibir licencia para practicar y/o ejercer la profesión. Debemos entender que es necesario adquirir previamente los conocimientos para ser aspirante a recibir el permiso como ingeniero profesional, de tal suerte que, esa experiencia le permita firmar diseños, construir o servir como experto en controversias ante tribunales o cortes judiciales. Comparto la apreciación del maestro, pero lo más grave que le ha venido sucediendo a la ingeniería colombiana es que, día a día, nuestros ingenieros dedicados a la labor de construir la infraestructura de la nación se han visto sometidos a la ignominia por el poder de la corrupción que inunda todos los niveles administrativos del país. Sin necesidad de ofender a mis colegas, desafortunadamente la clase politiquera se ha servido a través de la contratación pública para subordinar a la ingeniería y, la han metido en los más oscuros recovecos e intereses de quienes nos han gobernado en época pretérita. Resultado de la permisividad de muchos colegas ante el cohecho es la mala calidad de las obras, también que se cuelen profesionales incompetentes en conocimientos y ética pública. Recientemente en el Huila lo vimos y, en esta columna lo he venido denunciando sin que las autoridades encargadas del control administrativo, llámese contralorías, procuradurías o fiscalías, se hayan ocupado de leer, ni de entender de las denuncias que he hecho públicas y miran para otro lado. En el Huila y en muchas regiones del país, algunos alcaldes y gobernadores se han prestado desde hace muchos años a esta práctica criminal y han colocado al frente de la maquinaria corruptora a allegados suyos para que sean los encargados de señalar, a dedo, a los que se avienen a dar prebendas o coimas a sus benefactores. En el gobierno anterior, (asesorado por un tal José Nelson Polania), fue tan evidente la corrupción que llevo a que muchas de las obras contratadas se quedaran a mitad de camino, y que otras nunca se iniciaran, por lo que una buena tajada del presupuesto de inversión del Departamento se fugó por los canales de la corrupción. El columnista Álvaro González hace un parangón de cómo se perfila un ingeniero constructor en los EE. UU., y en Colombia. Yo pienso que es muy importante tener en cuenta las observaciones del profesor González y liderar a través de la Sociedad Colombiana de Ingenieros (SCI) las reformas urgentes al pénsum de nuestras facultades de ingeniería. La calidad y la competitividad profesional se adquieren con conocimientos. Démonos la mano y comprometámonos a erradicar la corrupción, a establecer normas de estándares de calidad para las obras y apoyemos a las universidades en sus programas con el fin de graduar ingenieros capaces y competentes que respondan por la excelencia de las obras que necesita el país.