Diana Sofía Giraldo

Esta es una de las muchas preguntas que rondan en la mente de millones de seres humanos en el planeta, desde que apareció el covid-19 y que cuesta mucho plantearse en voz alta. Y ¿si faltan mis seres queridos? Y ¿si parten mis amigos? ¿Llegó mi hora?

Nos han predicado, desde tiempos inmemoriales, que morir es tan natural como vivir, y sin embargo el diseño automatizado de nuestros días y nuestras noches, sucede de espaldas a la muerte. Creemos que si cerramos los ojos, ella desaparece. Vivíamos como si fuéramos inmortales. Sin conciencia de que somos finitos.  Como si  los que partieran fueran siempre los otros, hasta que llegó la pandemia para despertarnos de la ilusión de la vida y recordar que la cercanía de la muerte también es para cada uno de nosotros.

La muerte como amenaza invisible nos ronda hoy a todos.

Salvo en enfermedades terminales, la muerte suele llegar sin avisar. Pero en esta ocasión el aviso llegó para la humanidad y para cada uno en particular. Llegó “con tiempo” para prepararnos, para hacer inventarios. Y ¿cómo se prepara uno para partir? Aun quiénes hemos cultivado una vida interior, dando prelación a lo trascendente, sentimos miedo. ¿Miedo a qué? A dejar de ser, en la única vida que conocemos.

¿Qué hacer con estas campañas de muerte que también pueden sonar un día para nosotros y para los nuestros?:

¿Escondernos? ¿Dónde? ¿Cómo enfrentarlo?

Se hace necesario prepararnos para partir. Y tal vez esa sea una buena estrategia para sobrevivir. Dicen, quienes saben del tema, que la cercanía de la muerte invita al desapego. A descargar la memoria de los pesos, dolores y rencores que se han llevado a cuestas. A organizar la partida. A aligerar el equipaje y a vivir intensamente el ahora con los seres amados. Un proceso de “duelo anticipado” que termina en la serena aceptación de la muerte como compañera de vida. Preparar un final en modo Gratitud, que puede convertirse simplemente en principio del resto de la vida.

Porque para sobrevivir no bastan sólo los tapabocas, el lavado de manos y la distancia física. Quizás lo más importante es el acompañamiento personal, sicológico y espiritual. Hay medidas de protección sicológica imprescindibles que requieren de nuestra capacidad de adaptación, inteligencia emocional y creatividad.

Le pregunte a una pareja de amigos muy profundos: Nelly Rojas de González (sicóloga) y Miguel Ángel González (teólogo), ¿Cómo se prepara el ser humano para morir? Y esto me respondieron:

«Pensar que la muerte es un tránsito, no un final de la vida, sino que es un cambio de una vida terrenal a otra dimensión espiritual y en manos de Dios.

También hablar desde pequeños de la muerte como algo natural…
En alguna parte de la misa se dice en latín: “vita  mutatur non tollitur”, en la muerte la vida se cambia, no desaparece. Se debe pensar que la muerte es un paso hacia el encuentro con Dios y con los seres queridos que nos esperan».

El campanazo de la pandemia está permitiendo transformar la conciencia de la muerte en un despertar a la vida.