Por: Toño Parra Segura

 

El domingo anterior comentábamos la solicitud amorosa de Jesús por los enfermos con motivo de la curación de la fiebre de la suegra de Pedro. De nuevo en este Domingo VI del Año litúrgico, San Marcos nos presenta la súplica confiada de un leproso que de rodillas le pide al médico Jesús que lo sane.

Veamos la lepra como enfermedad contagiosa, la actitud del enfermo y la respuesta de Jesús.

La lepra en la antigüedad y aún hoy en muchas culturas es un enfermedad terrible. Fue tanta la trascendencia personal y social del contagio de esa enfermedad, que a ninguna otra patología le ha dedicado la Biblia tanta amplitud; dos capítulos completos del Libro del Levítico la describen en todos sus detalles: los capítulos 13 y 14 dejan una sensación contagiosa. Presenta al sacerdote como la persona encargada de diagnosticarla por decreto y de dar también el certificado de la curación. El enfermo era expulsado de la familia, fuera de la ciudad, en las ruinas y cementerios se le oía gritar: “impuro, impuro” para que nadie se le acercara. Vestían harapos, cabello revuelto y despeinado y con una venda en los labios. Se le prohibía toda presencia en la sociedad.

Nadie podía tocar un leproso, pues sería considerado ya como leproso e impuro.

El leproso del Evangelio, rompe las prohibiciones y se acerca a Jesús y se postra con una oración de confianza: “Señor si quieres puedes limpiarme”.

Seguramente que el enfermo aún no desesperado había oído todos los milagros de Jesús con los enfermos y esta convicción puede más que todas las determinaciones de la ley. No le exige, no le dice que su enfermedad es un castigo, no reniega de su situación; confía en el poder y en la misericordia del Señor.

La respuesta de Jesús no se hace esperar: “Quiero, queda limpio”, porque la petición era ya un profundo acto de fe y de confianza. Hay también aquí unos detalles en la actitud de Jesús: lo tocó en un gesto radical y escandaloso ante los judíos que lo volvía a El también leproso, de tal manera que Jesús ya no entraba públicamente a ninguna población, sino que predicaba en despoblado.

Otro detalle es el ordenarle que se presente al sacerdote, para que le dé el certificado y lo restituya a la vida social y cultural de su región.

Hoy siempre se ha considerado la lepra como enfermedad contagiosa, pero ya con menos contornos de separación. En la mentalidad religiosa el pecado se considera como una lepra espiritual que aísla de Dios, del hombre y de uno mismo; divide el ser, lo estresa y aún de manera inconsciente pierde la razón de vivir en comunidad. Veamos algunos síntomas de esta nueva lepra moderna: el sida, la drogadicción, el alcoholismo, el chisme, la arrogancia que desprecia y divide. Se podría decir que todo pecado destruye la imagen de Dios y complica la imagen de los otros.

Hoy hay marginados del poder, desplazados de la  violencia, echados de la casa con sanción familiar, razas de color que tienen que ocupar el último puesto en los buses de EEUU.

Jesús vino a enseñarnos la cercanía con las personas, somos ahora sus manos que tocan, sus labios que dicen  “quiero”, sus pies que evangelizan y su corazón que se compadece de toda clase de dolencias. Cuando tengamos cualquier clase de lepra digámosle como el enfermo del Evangelio: “Señor, si quieres puedes sanarme”.