Por: Gerardo Aldana García

El mundo nunca registró en la historia, tan considerable facilidad de acceso al conocimiento. La ciencia y sus avances, fueron patrimonio de sus actores fundamentales: los científicos e investigadores. Los códices de las doctrinas, tanto las más populares y no se diga las secretas, daban solo acceso a conocer e interpretar, a los doctos en la materia. Incluso, en pleno siglo XX, hacia los años 80, 90 y en la entrada del siglo XXI, no era fácil acceder a la información que permitiera construir un conocimiento popularizado en sus diferentes disciplinas. Pero la masificación de instrumentos tipo web, hizo que se abrieran las puertas de las más prestigiosas bibliotecas del mundo. Los escritores asistieron al nacimiento del puente entre ellos y sus lectores. El arte, en general, se puso en escena ante la retina del mundo global. Los logros de hombres de ciencia, de mujeres líderes en campos del trabajo social, llegaron a cada hogar. Las religiones, como el cristianismo católico y protestante, han visto cómo los hallazgos científicos, antropológicos y arqueológicos, corrieron el velo que durante siglos mantuvieron cerrado, asociado a textos inéditos como los hallados en Nag Jammadi en Egipto, y que han revolucionado la fe en muchos feligreses, sobre todo en aquellos que sabe leer. Las formulas médicas, tratamientos caseros, el manejo de plagas y enfermedades en plantas y animales, los adelantos en el deporte y la educación, etc, etc, etc, son campos en los que el espectro virtual de hoy, ofrece una sala de lectura con volúmenes de límites indeterminados. Evidentemente, la civilización actual debería estar marcada de forma general por una proclividad a construirse con mayor solidez en los diversos o específicos campos que escoja para su propio desarrollo.

Pero es claro que tales autopistas por las que transita la información, son igualmente las mega vías por las que corren sin control alguno, ríos de libros, videos y audios, absolutamente contagiados de gérmenes que erosionan los valores que suelen preservar una sociedad, rasgos identitarios que se han ido al traste con la transculturización imparable, y no solo eso, los referentes en desvarío sobre el desarrollo de la libre personalidad que voló los topes de la auto preservación sostenible humana, esa que la mantiene en equilibrio con la armonía de la Naturaleza y el cosmos.

No obstante, la profusa disponibilidad de información que puede o no terminar en conocimiento, la humanidad asiste a una de las crisis más notorias en la construcción de saberes que requieren profundidad en su estudio. Frente a la enorme cantidad de mensajes que circulan en internet, millones de estudiantes de todo nivel y las personas mayoritariamente, suelen dejarse llevar básicamente por la atracción del título y luego leer solo algunos renglones para tener la idea de lo que se quiere informar o para copiar y presentar como un soberbio trabajo de investigación. Y lo más grave, la intensidad de contenidos disponible, incita fácilmente al error de plantear verdades en un mar de mentiras, pues es sabido cuanta basura se ofrece en el espectro web con fines comerciales y otros asociados a desinformación con fines políticos y de muchos otros órdenes. El escenario da para que el ciudadano común y corriente, el de la masa social, saque concusiones básicas, sin profundidad. Esto ha llevado también a que se haya perdido la noción de sorprendernos frente al auténtico conocimiento. El lector común o el internauta en su mayoría, se ha vuelto frío a la hora de objetar, ha terminado siguiendo la moda; incluso la tendencia no es ya una motivación, sino lo que está servido a la orden del día, de la última publicación vendida con el mejor marketing digital, bajo el manto nefasto de las llamadas Fake News – Noticias Falsas, impulsando de esta manera la perdida de individualidades inteligentes que dan paso a la conformación de grandes rebaños de individuos que más parecen una pieza de un sistema tristemente automatizado, desnaturalizado. El enorme orbe de internet y su dinámica propia, ha provocado la pérdida del verdadero concepto de información, datos y hechos reales; prima solo el objetivo de apuntar hacia aquello que el mundo quiere consumir hoy, no importa cuanto lo indigeste intelectual o psicológicamente, cuánto daño se haga en su propia alma del inconsciente colectivo que planteara Carl Jung.

Seguramente que una de las recomendaciones que hacen los expertos es justamente hacer un esfuerzo por recurrir a fuentes verdaderamente autorizadas y reconocidas en la generación y difusión del conocimiento, lo cual por supuesto no excluye las vivencias empíricas bien construidas y que aportan al verdadero desarrollo humano.