Margie Soto Rivera llegó desplazada a Neiva. Hoy, tiene un negocio de buñuelos y pandeyucas. Apasionada por la comida, sueña con tener su propia cafetería a la que ya le tiene nombre.

DIARIO DEL HUILA, CRÓNICA

Por: Hernán Galindo

Margie Soto Rivera, que tiene un puesto estacionario de buñuelos, pandeyucas y almojábanas, al que le mezcla jugo de naranja y tinto, “para que todos se vayan contentos”, vive desde hace años con el sueño de tener su propia cafetería a la que ya le tiene nombre.

El negocio, ubicado en la avenida 52, entre la calle octava y 10, cerca al Centro Comercial Santa Lucía y el barrio Las Palmas, lo conforman el cilindro de gas, un horno, un hondo sartén para fritar, un toldo, una mesa con mantel y dos sillas que ocupan eventuales clientes.

“La mayoría compra el pedido. Se lo despachamos en bolsas de papel y se marchan”, cuenta, mientras toma un pedazo de masa y le da forma a un pequeño buñuelo que vende a $200, igual que los otros productos.

Trabajo y familia

El puesto lo recibió de una amiga a quien ayudaba, pero debió viajar a Pitalito, con la buena suerte que se lo entregó para trabajarlo. “Estoy agradecida con ella porque además fue quien me enseñó la preparación”, explica, encartada por la entrevista y gente que espera el pedido.

Después de tres años, vende entre 70 y 150 mil pesos diarios, dependiendo del día, “del hambre y el bolsillo de la gente”, digo yo. Los reinvierte y lo que queda son para sacar adelante a la familia, que vive en el barrio Siglo XXI.

El hogar lo componen dos hijos. El hombre, Ever Andrés, que estudió gastronomía y hoy está en el Ejército; y la mujer, una joven estudiante, Dayana, que la ayuda en ocasiones en el puesto. Y el esposo que trabaja en oficios varios, en lo que aparezca y se ofrezca.

Llega a trabajar a las 5 de la mañana, pero está en pie hora y media antes. Todos los días, de domingo a lunes. Y se marcha, dependiendo de la demanda, a las 8, 9 o hasta las 11 de la mañana.

“Me levanto a las 3 y media de la madrugada para preparar los mojes o la masa, base de la venta, hacer el tinto y hervir la leche. De ahí llego al puesto a organizarlo y a despachar con mucho gusto”.

Y es que Margie no tiene ni ‘sabe’ de misterios para preparar sus delicias rápidas:

“Dedicarle mucho interés y amor a la preparación, a la atención, a una buena higiene y presentación del puesto. Así, seguro que el cliente se va contento y vuelve. Ese es el secreto”.

Tiene 37 años. Hace tiempo llegó desplazada con la familia del Líbano, Tolima, que sufrió mucha violencia. En Neiva se ubicaron en el barrio Comuneros.

“Vivimos en una casita muy humilde, con muchas necesidades, donde afortunadamente nos dieron alojamiento durante 5 años hasta que empezamos a recibir ayudas como desarraigados. En estos momentos no recibo porque no he aportado unos documentos a la Unidad de Víctimas”.

Tiene sobre peso y aunque sabe del riesgo que corre con el Covid-19 le ha tocado salir “por la necesidad de conseguir el bocado diario”, pero sí piensa vacunarse. Está esperando la llamada de salud pública.

Cocina y gastronomía

Margie hace lo que le gusta, lo que le apasiona, la cocina, “la gastronomía”, pienso yo, como dicen otros, porque suena más elegante. Está certificada por el Sena en la manipulación de alimentos y comidas rápidas. Y actualmente estudia virtualmente panadería.

Es una mujer berraca, emprendedora, de admirar. Está validando el bachillerato en el colegio Misael Pastrana. Se gradúa este año.

Usted, es juiciosa, guapa, estudiosa., le digo “La verdad me gusta mucho aprender, conocer, trabajar, para poder salir adelante. Sí yo estoy bien, mi familia estará bien. Quiero que mis hijos me vean como ejemplo a seguir, una mamá luchadora”.

Por eso, sabe que su sueño de toda la vida de tener un negocio más amplio se hará realidad. ‘Punto del sabor, dale gusto a tu paladar -el nombre y el logo lo creó ella misma, cuando estudiaba en el Sena- “una combinación de panadería en la mañana y comidas rápidas en la tarde”.

Seguramente será su apoyo Dayana, su hija, que ya estudia gastronomía en el colegio Humberto Tafur, me quedo pensando, mientras deleito un esponjoso buñuelo con sabor a casa y mucho amor.

La vendedora de truchas que sueña con hablar idiomas