La historia de la humanidad y en concreto, la de nuestra patria, ha sido marcada por el odio: ¡Cuántos ríos de sangre han corrido a lo largo y ancho dl territorio nacional! El ser humano sin principios morales, es el animal más feroz de la jungla humana.

Peor aún: una persona llena de poder económico, político, académico, social o religioso, sin principios conductuales, es el más tirano de la sociedad.

Los grandes monstruos que ha padecido la humanidad no han aparecido de la nada o por generación espontánea: son producto de una sociedad resentida y alimentada por el odio. El discurso de la lucha de clases ha producido crímenes incalculables: en China, la Unión Soviética, Cuba, etc.  Con frecuencia quienes asumen el poder con hambre atrasada, devoran todo lo que encuentran.

Los odios viscerales marcados por ideologías le han hecho mucho mal a la humanidad. El Nacional Socialismo no llegó por arte de magia; el odio a los judíos, por ejemplo, llevó a los hornos crematorios a millones de semitas.

El odio a los cristianos casi aniquila a los armenios en 1918: ¡Qué genocidio tan bárbaro!; -además, poco lo registra la historia-. En 1994 la etnia tutu casi elimina a la etnia tutsi: ¡Qué atrocidades en Rwanda! Excúseme decirlo: ¿podremos llamarnos humanos después de tanta barbarie? Entre nosotros las otrora y vergonzantes masacres, producto del sectarismo partidista, se ha repetido en mayor volumen en el conflicto armado y ahora, se avecinan tiempos cruentos, consecuencia de discursos viscerales marcados por el odio.

Por favor, ¿por qué no aprendemos a ser demócratas? Para llegar al poder, ¿tengo que matar al adversario? No queremos entender el valor del disenso. El pluralismo, la inclusión que tanto se cacarean, están muy lejos de la realidad que vivimos.

No queremos aprender a vivir en la diferencia. Mientras no haya justicia social, no habrá paz. Sin conectividad y sin proyectos productivos, no saldremos de la pobreza. ¡Qué tristeza! Doscientos años de vida republicana y los índices de pobreza siguen inalterables. Hay mucho ruido y pocas nueces.

Mientras no haya voluntad política y se sacrifiquen muchos intereses, no llegaremos a la prosperidad que tanto se publica. Para superar el discurso del odio tiene que haber desarme de los corazones y tener actitud de diálogo.

Ahora, el diálogo por el diálogo no tiene sentido. Israel lleva setenta y tres años hablando de paz en su conflicto con los palestinos y, la paz cada vez es más esquiva. Ya se acerca la elección presidencial para el próximo cuatrienio, ¿Qué propuestas positivas hay? Por favor, señores dirigentes, sean propositivos no reactivos; no es incendiando como se arreglan los problemas, es proponiendo soluciones; el pasado no tiene arreglo, el futuro lo tendrá si hoy lo construimos. Ha habido muchos errores, haga propuestas sensatas.

Sigamos el ejemplo de un Nelson Mandela que llegó al poder con el voto popular, pero sin reivindicaciones; un Lee Kuan Yew que trasformó la ciudad-Estado, Singapur y de la miseria y pobreza la llevó a ser una de las economías más sólidas del planeta.

La anhelada paz debe estar precedida de la justicia para que sea duradera.