María Clara Ospina

¡Cómo no despedir a Manzanero con tristeza, cuando sus canciones acompañaron tantos momentos inolvidables de mi vida! Armando Manzanero fue un enamorado del amor que nos regaló con su música memorias y momentos mágicos.

Soy de esa generación que conoció el amor entre los años sesenta y setenta; esa, que compartió con uno de sus azucarados boleros la primera cogida de mano, el primer beso, un simple roce de la piel que nos dejó temblando, momentos tan espontáneos o planeados, tan deseados o inesperados.

Fuimos una generación afortunada que conoció la emoción de esperar, o planear, una serenata a media noche o en la madrugada. Una serenata que, quizá, comenzó con “Somos novios”, “Contigo aprendí”, o “Adoro”, afirmaciones rotundamente emocionantes para cualquier jovencito que daba sus primeros pasos en el laberinto del amor, o para cualquier persona, de cualquier edad, inclusive los viejitos, que lo añoran.

Recuerdo con ternura cómo mi mamá se emocionaba con sus canciones, sobre todo cuando las interpretaban guitarras y tiples bajo una de las ventanas de nuestra casa. Serenata de mi padre para ella, o de algún noviecito para mí.

Las composiciones de Armando Manzanero acompañaron, complementaron y enriquecieron, los amores de varias generaciones. Las letras pegajosas y sencillas, cantadas con su particular tono de voz, un poco desentonada, muy nasal y algo aflautada, cautivaron al mundo latinoamericano que las sintió cercanas.

No tenía el joven Manzanero, chaparrito, de nariz achatada y algo gordito, la presencia de Julio Iglesias, la maravillosa voz de Rafael, ni la profundidad y elegancia de los poemas interpretados por Perales. Pero, en sus composiciones había algo más que cautivaba. Era la voz de nuestro pueblo, era lo nuestro, lo latinoamericano, la interpretación del amor como se siente en un barrio mexicano, un pueblo colombiano o venezolano, o en cualquier vereda centroamericana o austral. Sin grandes pretensiones, muchas veces sin concordancia, pero que arrullaba el corazón.

Manzanero fue un enamorado que vivió a cabalidad el amor. No en vano se casó cinco veces y, vaya uno a saber, cuántos amores adicionales tejió en su vida. Quizá tantos como Florentino Ariza en el “Amor en los tiempos del cólera” de García Márquez; o el famoso Don Giovanni, de la ópera de Mozart, de quien su sirviente Leporello llevaba un cuaderno donde constaba, según nos cuenta en una magnífica aria, que su patrón había seducido a 640 mujeres en Italia, 231 en Alemania, 100 en Francia, 91 en Turquía, pero en España, eran ya 1,003 “¡Mill e tre!”.

Un trovador que escribió más de 400 canciones. No solo compuso sobre sus amores presentes, sino sobre los pasados, esos que se fueron, que viven “nuevas noches en otros brazos”, pero que él aun añora. Recordemos; “Mía”, o “Esta tarde vi llover”, o aquella tan sentida: “Te extraño”, sin duda mi preferida, que siempre me deja solitaria.

 

Armando Manzanero fue un enamorado que enamoró a los amantes y ahí estamos todos; inclusive nuestros nietos que de tanto oírlo en voces tan bellas como Bocelli, Sinatra y Solís, se les han quedado sus canciones enredadas en sus vidas, como nos sucedió a nosotros.

Adiós, amigo, porque así sentimos a este magistral compositor, un romántico a carta cabal. Lo perdimos al covid-19. Esta pandemia nos ha dejado muchos vacíos.