DIARIO DEL HUILA, CRÓNICA

Por: Hernán Galindo

Anderson Felipe Yepes Giraldo se veía vestido de uniforme. Hoy, está terminando educación física en la Universidad Surcombiana y guarda a bañistas en las piscinas de Neiva.

Se llama Anderson Felipe Yepes Giraldo. Hace 29 años nació en San Agustín, en la cordillera de Los Andes, en el sur del Huila, junto al Parque Arqueológico. Cuando creció, cuando terminó bachillerato, viajó a Neiva y siguió a Bogotá, tras un amor juvenil.  Con el tiempo regresó a la capital huilense donde se concentró en estudiar educación física en la Universidad Surcolombiana, estando próximo a graduarse.

Hoy, dedica el tiempo que le deja la formación profesional a dos actividades que lo enorgullecen, le gustan y se le facilitan cumplir: salvavidas en piscinas, oficio en que tiene una capacitación de la misma Usco; y jardinero, también en conjuntos privados, labor que aprendió en su pueblo y por eso se le facilita hacerla.

“Lo hago con gusto y por necesidad, porque con los recursos que recibo me ayudo en mi manutención y gastos. Y si puedo, ahorro para continuar estudiando y preparándome”, afirma Felipe, mientras mira unos bañistas infantiles que juegan en el agua.

Y de inmediato hace memoria y recuerda su niñez en San Agustín donde le divertía reunirse con la familia, amigos e ir a río, nada menos que al majestuoso Magdalena, que nace muy cerca.

De la milicia al deporte

En esa época juvenil soñaba con ser militar. Se veía vestido con uniforme. Le llamaba la atención las armas, la milicia, la disciplina y el ejercicio. Pero la vida le tenía otro reto, estudiar educación física, que también siempre lo atrajo por el esfuerzo físico, porque era bueno en el deporte y suponía le iría bien en el aula.

“La pasión por la educación física nació realmente cuando llevaba dos semestres de estudio porque fue más especial y más motivante de lo que pensaba. Me iba bien y me gustó mucho”, confiesa.

Y agrega, convencido, que, además de buen deportista, es buen nadador, porque nada los cuatro estilos básicos, razones elementales que demanda servir de salvavidas, tarea que cumple por cosas del destino y de la vida.

“Tenía el curso, la acreditación, cuando de pronto un día llegó mi empleador. Me ofreció el trabajo con la tentación de ganar un dinero. De inmediato acepté, lo hice y aquí estoy”, asegura, mientras se acerca a la piscina para mirar que está pasando con unos muchachos que juegan un poco rudo.

Curiosamente, responde que no vio Guardianes de la Bahía, una serie de televisión estadounidense sobre los socorristas de la playa de Santa Mónica, en la ciudad de Los Ángeles. La razón es sencilla, no era apegado a la televisión, se dedicaba al campo.

Felipe dice que su trabajo es tranquilo, las jornadas son normales porque así quiere que sean las cosas, con prestancia, cuidado, atención y mucha responsabilidad.

Sin embargo, ha tenido desafíos, ha salvado algunas personas del agua, que han estado en riesgo por diversos motivos. “Todos han sido niños. Me da pesar por ellos, por el peligro que pasaron, pero me alegra estén bien y los haya podido ayudar”.

Ha pensado que algún día podría pasar por un grave accidente de una persona en la piscina o por una tragedia, pero sabe también en qué momentos y con cuáles bañistas estar más pendiente, pese a que estima estar capacitado y preparado para atender situaciones extremas.

Pese al valor que encarna ser salvavidas ningún niño le ha dicho que le gustaría serlo. Y agrega que en su caso el trabajo es para ocuparse, por recibir un beneficio económico que necesita para seguir adelante en la vida.

“Lo bueno de mi trabajo es que tiene un horario flexible y no es una actividad dura de cumplir; lo malo es que hay días en que es necesario exponerse demasiado al sol, con altas temperaturas, y ya sabemos el daño que produce al cuerpo; y lo regular es el maltrato que recibo en ocasiones de algunas personas, sin la posibilidad de responder”, manifiesta, con algo de queja y pesar.

Aún así dice estar dispuesto a llegar hasta donde sea necesario para salvar la vida de una persona que se está ahogando. “La meta es salvarlo o salvarlo, pues tiene a favor, cuenta, de ser un nadador tranquillo y de transmitir esa tranquilidad a la persona en riesgo”.

¿Un salvavidas se distrae con mujeres bonitas cerca en la piscina? En muy pocas veces, aunque es natural, responde, pero en la mayoría del tiempo uno le huye a cualquier tentación y piensa que esa mujer puede tener pareja y es mejor alejarse de cualquier problema.

Dios y el futuro

Felipe dice estar agradecido con Dios porque es quien sabe por qué trabaja y se esfuerza tanto, y en él confía lo lleve en unos años trabajando en lo que estudió, porque a la fecha no ha contemplado si le gustaría tener su propia escuela de salvavidas.

Sí le suena tener una escuela de natación porque el calor de Neiva, el número de piscinas y el gusto de la gente por el agua es una buena opción. “Y, sobre todo, para que los niños aprendan a nadar y así se alejen de cualquier peligro o accidente”, concluye.

Anderson está entrenado y está dispuesto para atender cualquier emergencia que se presente en su lugar de trabajo.