Por: José Eliseo Baicué Peña

 

El mundo de hoy está dando más importancia a los edificios y a los vehículos que a la misma gente.  Caminar por las calles y avenidas del microcentro de Neiva, ya no es un placer, ahora es una bochornosa faena de la que todos queremos salir rápido, o la que nos gustaría, en lo posible, evitar.  Pues los espacios los han ido ganando las construcciones, los avisos, los negocios, pero, sobre todo, los carros y las motocicletas.

 

No es un secreto que circular por el centro de la capital huilense se convirtió en una actividad agobiante y peligrosa.  Pues se ha llegado al punto de que no se puede transitar de ninguna forma, ni en carro, ni a pie.  Hay que decir que el traumatismo se ha intensificado con el exagerado programa de semaforización de los últimos años.

 

Los gobiernos y el Estado no pueden seguir con este tipo de planeación urbana donde lo que menos prima es el bienestar de la gente. Es cierto, que el presente siglo ha visto realizarse una de las mayores transformaciones de la vida en el planeta: la mayoría de los habitantes de la tierra ha desertado del campo y vive ahora en las aglomeraciones urbanas.  La ciudad ha pasado a convertirse en el hábitat más común del ser humano.

 

En la actualidad existen unas catorce megaurbes con más de 10 millones de habitantes, y en cuatro de ellas (Tokio, Nueva YorK, Sao Paulo y México) viven más de 15 millones de personas.  Con una circulación vehicular agobiante, con densidades de habitantes por hectárea doble o triple a las correctas para una gran convivencia y con una atmósfera contaminada irrespirable, viven día a día. Estas enormes metrópolis ya no garantizan la ciudadanía de sus habitantes, entendida ésta como igualdad de condiciones y de derechos.

 

En los países pobres donde se multiplican las megaurbes por la brutal migración del campo a la ciudad, y donde estará ubicado, en el futuro, el 90% de las grandes capitales, se carece a menudo de trama definida, de red de comunicaciones, de edificios sólidos, de alcantarillado, de sistemas de recogida de basuras, de agua corriente, de tendido eléctrico, de transporte y, a veces, hasta de administración pública.

 

La ciudad se ha convertido también en el campo de batalla de las nuevas guerras contemporáneas. Nueva York, Madrid, Bagdad, Estambul, Jerusalén y Moscú, son ahora nombres asociados a monstruosos atentados cuyas principales víctimas son los habitantes de esas ciudades, rehenes involuntarios del terrorismo internacional.

 

Las pequeñas capitales, como Neiva, deberían preocuparse más por pensar en una ciudad que ofrezca más espacios para la gente, más escenarios donde los transeúntes, propios y turistas, puedan deleitarse con paisajes, vitrinas, exhibiciones, señalización adecuada, espectáculos, o simplemente espacios donde se pueda apreciar a la otra gente sin la preocupación de que ellos o sus hijos van a ser arrollados por un auto en cualquier momento.

 

Es más, es hora de sacar los vehículos de la carrera sexta, en lo que respecta al microcentro de la ciudad.  Que se convierta en un pasaje peatonal.