William Zambrano C.

@wzcsg

La navidad es una época de reencuentro, de cercanía con los seres más queridos, de expresión de afecto en familia, en especial hacia  los niños y los abuelos en torno a quienes todos sus miembros se congregan. Así ha sido durante mucho tiempo, y así esperamos que pueda volver a ser en los próximos años.

Pero esta vez tendrá que ser distinta, no en los afectos, no en  los buenos deseos, no en los sentimientos, sino en la manera de expresarlos, de  mostrar empatía,  de estar y sentirnos cerca. Habrá que inventar esta vez nuevas maneras de abrazar con el alma, de juntar los espíritus  y el pensamiento.

Las buenas nuevas  sobre las vacunas no significan el fin del peligro ni de la necesidad de protegernos a nosotros mismos y a los demás. Mientras las dosis no  lleguen y se apliquen  efectivamente, y no se logre una inmunización masiva, a la gravedad  del mal que puede atacarnos en cualquier momento por la más mínima distracción, debemos agregar el de otro mal que podría ser igualmente mortífero: el de la insensata confianza que nos lleve a no cuidarnos y a no cuidar de los nuestros.  Ese no puede ser el regalo que nos demos en familia en estas fechas. Ese no puede ser el paradójico epílogo de tantos esfuerzos y sacrificios realizados durante todos estos largos  meses de no encontrarnos.

Lo que no cambiará en esta Navidad es  la necesidad de pensar en los otros, en aquellos que aún sin pandemia no podrían congregarse alrededor de una mesa plena, en quienes en esta fecha o en cualquier otra tendrán que ocuparse de los servicios esenciales para permitir que los demás podamos estar en casa, pero sobre todo en los no tienen una para refugiarse o que andan itinerantes en busca de alguna que les brinde abrigo. Para los creyentes ese es uno de los más importantes mensajes que  encierra la celebración del nacimiento en Belén; para quienes no lo son, podrá ser siempre una oportunidad para ser solidarios.

El milagro para unos, la magia para otros, que traen estas fechas debería convertir  en cualquier caso esta rara Navidad en ocasión para un nuevo comienzo y para múltiples interrogaciones. La alerta contundente que ha traído esta crisis sanitaria y que nos obliga a este ayuno de abrazos, debería llevar a preguntarnos, en efecto, si lo que extrañamos es el alocado entrecruce de regalos que nos impone la sociedad de consumo, o el brillo en los ojos que produce el reencuentro; si la “normalidad” que añoramos es la que muchas veces nos llevó a  estar lejos de los que más amamos; si lo  que queremos  es simplemente  volver  a recorrer sin límites  y sin cuidados el planeta que nos está gritando ¡basta!; si no debiéramos preguntarnos qué es lo que está pasando con el clima y con las especies que se han vinculado con el origen de la pandemia; si no ha nacido también un compromiso con los que esta crisis ha golpeado más que a nosotros. Tal vez intentar responder algunas de estas preguntas nos permita darle un nuevo sentido a la posibilidad de volver a abrazarnos la próxima Navidad.