Por: Ernesto Cardoso Camacho

Están por concluir las actividades litúrgicas que los cristianos católicos celebramos durante la Semana Santa. Entre jueves y viernes hemos conmemorado la pasión y muerte de Jesucristo y nos preparamos para celebrar la noche del sábado la Vigilia Pascual y el domingo la resurrección.

Nuestros templos tuvieron que adaptarse para cumplir estrictamente las medidas de bioseguridad que permitieran la presencia física de los fieles, al tiempo que a través de la virtualidad se garantizó la participación masiva de quienes aún conservamos viva nuestra fe en los dogmas y principios éticos y morales de la cristiandad.

El año anterior tuvimos que resignarnos a la total virtualidad debido a la presencia avasallante e intimidatoria del Covid-19, la que derivó en la pandemia que lleno de confusión e incertidumbre a la humanidad entera.

Por fortuna, este año pudimos regresar a los templos con limitaciones, pero al fin y al cabo hemos logrado disfrutar el contacto real y directo con la liturgia que llena a plenitud nuestras aspiraciones místicas y religiosas.

Sin embargo, aún sigue la amenaza de los graves efectos de la pandemia y en consecuencia muchas de las rogativas y súplicas que hemos experimentado durante los diversos actos litúrgicos, se han dirigido a implorar la voluntad divina para que termine la pesadilla y a elevar oraciones por las almas de quienes han sido sus millonarias víctimas y por el consuelo de sus familiares y amigos.

En conclusión, seguimos experimentando dolorosos acontecimientos que afligen a todos los seres humanos, pero al tiempo nos aferramos con firmeza en nuestra fe que nos brinda esperanza y confiada gratitud en la Divina Providencia.

La indispensable necesidad de que la humanidad logre alcanzar niveles aceptables de auténtica fraternidad cristiana, solidaridad social, justicia y paz; seguirán siendo las metas que habrán de marcar la nueva ruta una vez superados los efectos económicos, sociales y políticos de la pandemia.

En este panorama vital es conveniente preguntarnos los cristianos si estamos vivenciando una Semana Santa más, o si, por el contrario, la religiosidad que decimos practicar es auténtica actitud de conversión; de rectificación de nuestros reiterados errores; de ser capaces de perdonar y de encontrar en nuestro prójimo; sobre todo del más débil y necesitado; el verdadero rostro de Dios que hoy por hoy es sin duda alguna, la presencia viva de Jesucristo resucitado.

Su prédica de amor sin límites ni condiciones deberá ser el horizonte que guíe el caminar de sus discípulos y de todos los humanos, independientemente de sus creencias, para que, de esta manera podamos convivir en las diferencias, pero tolerándolas, para alcanzar la verdadera paz que solo nace en los corazones de los hombres.