Ernesto Cardoso Camacho

La continuidad inexorable del tiempo nos conduce, luego de la celebración cristiana del nacimiento de Jesús, a la terminación del calendario occidental que marca la finalización de un nuevo año, época propicia para la reflexión, el análisis y la valoración de los sucesos individuales, colectivos, sociales y culturales que siguen impactando la evolución del ser humano.

Al respecto, existe la tendencia natural a considerar que cada año se repite sin mayores sobresaltos. El clima con sus lluvias y sequías; los huracanes; los incendios forestales; la extinción de ciertas especies; el progreso científico y tecnológico; la expansión del capitalismo industrial y financiero; los políticos y gobernantes con sus mismos vicios de promesas incumplidas; la amenaza de una guerra nuclear; los desplazamientos migratorios; las enfermedades estacionales e infecciosas; el otorgamiento de los premios Nobel en sus diferentes disciplinas científicas, literarias y de la paz; la extensión de la pobreza y los recurrentes movimientos sociales de minorías que reclaman igualdad de derechos y de oportunidades; en fin, la dinámica propia de un mundo cambiante pero donde todo sigue igual.

Sin embargo, este 2020 quebró rotundamente esa normalidad sin sobresaltos.

Nos llegó la pandemia del Coronavirus, con todas sus evidentes y devastadoras consecuencias. Seguíamos acomodados en esa aparente normalidad cuando de un momento a otro nos sorprendió la incertidumbre, la confusión y el miedo; para recordarnos que no somos dioses embriagados de poder y de codicia; sino que somos frágiles y la vida humana no está garantizada por el progreso científico, tecnológico o económico. Volvimos a entender que somos briznas de hierba en las manos del Creador del universo.

La enorme crisis sanitaria, económica y social; parece haber cambiado los esquemas al punto que muchos abogan por un Nuevo Orden económico, social y cultural.

Lo cierto es que ya es evidente la polarización ideológica y cultural entre los llamados globalistas enfrentados a los nacionalistas y patriotas. Lo que viene ocurriendo en la primera potencia mundial como consecuencia de las elecciones presidenciales, es una prueba irrefutable de ese enfrentamiento.

Los grandes conglomerados industriales y financieros apoyados en los medios masivos de comunicación, buscan implantar ya no solamente una economía abierta y global; sino que propugnan por un dominio cultural, tecnológico y político sobre todos los estados y naciones; en detrimento de los valores esenciales del ser humano como la libertad, la democracia, y la espiritualidad; los cuales habrán de ser reemplazados por las corporaciones multinacionales inspiradas en modelos políticos autocráticos donde se impondrán los más fuertes.

Para las llamadas naciones del tercer mundo la amenaza es aún más protuberante. La producción de materias primas y los recursos naturales y minerales que constituyen sus fortalezas, serán explotados por tales multinacionales y corporaciones globalistas, abusando de las condiciones del mercado cuyos precios se tranzarán en las bolsas como acaba de ocurrir con el recurso vital, el agua.

En este oscuro escenario que espera a la humanidad, nuestro país seguirá dominado por el clientelismo corruptor de la política, pues ahora pretenden vendernos como gran panacea, una reforma electoral que acentuará los privilegios y las desigualdades, dado que el verdadero cambio que seguimos reclamando no es otro que en el sistema político y de la administración de justicia.