Daniel Raisbeck

A los pepobucos -la clase de periodistas, políticos, burócratas y académicos que domina el discurso público en Colombia- les obsesionan cuestiones que, por lejos, no son una prioridad para el resto del país. Una buena ilustración es el fútil debate acerca quién se ubica en el “centro” político y quién no.

Cuando a un ciudadano le roban, por ejemplo, su teléfono móvil -ocurrencia no infrecuente en Bogotá- su primera reacción no es desear que los políticos de turno fueran un poco más centristas. De hecho, la división teórica del espectro político entre una extrema izquierda y una extrema derecha, con un centro lleno de moderados sensatos, es artificial y de poca relevancia en el mundo real. Para empezar, la gran mayoría de los ciudadanos no está sintonizada con la minucia de la política. Tampoco comparte las percepciones o preocupaciones que trasnochan al pepobuco.

En Gran Bretaña, el estratega Dominic Cummings llegó a la conclusión que el votante promedio es, al mismo tiempo, más “de izquierda” y más “de derecha” que lo que asume la clase política y mediática londinense, cuyo modelo mental dominante de izquierda-centro-derecha “es empíricamente falso”. Por ende, el votante de a pie está en contra de los grandes privilegios de la clase política y de los capitalistas de amigotes -como los banqueros rescatados con dinero del fisco en el 2008- y, a la vez, apoya medidas anti-crimen y anti-terrorismo tan severas que ningún político electo se atrevería a proponerlas.

Aunque Cummings usó dicha información para ganar las dos elecciones británicas más importantes de la última generación -el referendo del Brexit y las elecciones parlamentarias del 2019- y el modelo político tradicional se mantiene. De ahí surge otro concepto tan etéreo e irrelevante como el centro político: el del populismo.

Aunque combatir populistas en Twitter es una de las actividades favoritas del pepobuco, quien se jacta de su sofisticada experticia, ciertamente la noción es cuestionable si incluye figuras políticas tan contrarias como Hugo Chávez y Jair Bolsonaro. En el caso del primero, el problema no es que haya sido o no populista, sino que sus medidas socialistas -los controles de precio, las expropiaciones, la planificación central de grandes industrias- causaron un inevitable colapso económico y un cataclismo humanitario.

Llama la atención, de hecho, que el calificativo “populista” siempre sea un recurso de quien pierde una elección democrática y busca una excusa para su derrota. En muchos casos la posición “anti-populista” simplemente revela fuertes inclinaciones oligárquicas, como las de la economista Dambisa Moyo, quien propuso examinar a la gente para que ésta demostrara ciertos conocimientos antes de que se le permitiera votar.

Esto no es nuevo. En Atenas clásica, el historiador Tucídides retrató al político Cleón como un irredimible demagogo y especialista en agitar los peores instintos de la masa ciudadana. En el siglo XIX, sin embargo, el historiador inglés George Grote rehabilitó a Cleón como un admirable líder de oposición frente a la oligarquía ateniense.

El populista de unos es el héroe popular de otros.