Por: Juan Felipe Molano Perdomo

Conversando con Raúl, mi tío, el mayor de los hermanos de mi padre, hombre inteligente, buen lector, buena escritura y buena letra,  excelente conversador y más, si se trata de política- es actual uribista-, a quien jamás le he visto enfermo, pero que decidió vivir  su felicidad solo, sin quien le controle y le pida explicaciones, pero que en honor a la verdad dedicó todos los cuidados a mis abuelos hasta el último día de sus vidas, y quien como buen  hijo sacrifico parte de sí y cumplió  el mandato divino, donde serán los hijos quienes entierren a sus padres y no como ocurre en nuestro país, donde  son miles de padres de familia que han enterrado a sus hijos a causa de épocas violentas emanadas de la no aceptación de las diferencias; y otros tantos, que hoy aún no encuentran los restos de sus hijos para sepultarlos.

Convenimos entonces tratar cien años de soledad de Gabriel García Márquez – lo cual deseo inculcar a mis hijos-, y le dije, aparte de ser él el mejor escritor latinoamericano, también es un referente para lingüistas y escritores, y  creo que tenía en su mente y espíritu una lectura clara  del acontecer del País,  dibujaba poéticamente las desigualdades sociales entre los colombianos, -que hoy no cambian- desde una pequeña esquina de nuestra geografía llamada “Macondo” y relató desde allí la historia de siete generaciones de la familia Buendía, familia condenada a la soledad y eso muy poco dista de la realidad que vivimos, pues durante más de siete generaciones hemos sido mal gobernados, políticos ambiciosos y lejanos de las necesidades del pueblo, congresistas de paseo y el país agrandando las necesidades humanas diarias, todos sintiendo desconfianza y miedo del mañana.

Fijémonos, le dije, que Aureliano muere al recibir un disparo de un capitán conservador de la guardia durante la guerra, al huir de una brigada policial, tal cual ocurrió en los años 60 y siguientes en campos colombianos.

Macondo decía García Márquez, sufrió duras calamidades como por ejemplo un diluvio que duro más de cuatro años, la peste del insomnio con la cual los que se enferman dejan de dormir y olvidan el nombre de las cosas, personas y de su propia identidad, las guerras civiles entre liberales y conservadores, tal como aun pasa en nuestras regiones, y lo más llamativo persiste la peste del insomnio.

Muy a pesar que Macondo fue fundado por José Arcadio Buendía, con el propósito de mejorar a un pueblo que estaba hundido en la pobreza, nunca salió de allí, pues sus fuerzas no alcanzaron convencer  a otros tantos y   su familia  y el pueblo son destruidos  por un ciclón, y esto es lo que tal vez no va ocurrir en 2022, cuando estas  nuevas generaciones, se levanten en las urnas y logren un cambio de gobierno y estilo de manejar los recursos públicos, que hasta hoy han sido hurtados por “la gente de bien”, sí,  los ladrones de cuello blanco, los que nos dejan a su paso saldos en rojo y elefantes blancos.

Acto seguido cite que la novela narra las peripecias de una saga familiar a lo largo de un siglo, tal como es nuestra clase política o no le parece replique, nacimientos, relaciones amorosas incestuosas, traiciones, deslealtades, fallecimientos, y todos creyendo que el pueblo como el que vivimos, se abre a la modernidad y al falso progreso.

La Colombia de hoy, si, y el Huila de hoy le dije en tono alto, pues intentaba interrumpirme con defensas al sistema tradicional, se parece a la bella Ursula, quien vive una vida rodeada de gente, ve crecer a sus hijos, sus nietos, bisnietos y tataranietos, y aunque  intenta que su familia sea ejemplar y se esté unida, jamás consigue su propósito. Desea que los hombres dejen de ser tan típicos, cortados todos por el mismo patrón y a eso es que debemos apostarle, defendiendo la democracia, pero despertar ante las injusticias.

Para terminar tío, le dije, usted, sus hermanos y sus padres, vivieron la violencia con explicación o sin ella, las guerras con sentido o sin él, las masacres, todo aún no termina pero quedaron cicatrices que jamás sanaran, mis abuelos partieron sin saber que era un día en paz, esto tal vez termina como en Macondo, con  “el viento final que arrasa la ciudad de los espejos”.