Dedicación y constancia tejidos con fibras de plátano, así podría definirse la obra que en vida desarrolló la maestra artesana Clelia Rengifo, nacida en el municipio de San Agustín en el lugar conocido como El Estrecho, el 28 de Noviembre de 1940 y murió el 11 de Noviembre de 2006 en la misma localidad. Doña Clelia era hija de María Guillermina Rengifo y Manuel Polaco. Integró una familia en la que había otros dos hermanos: Jacinta, también artesana tejedora y Augusto. Del matrimonio de Doña Clelia y Don Onías nacieron Jaime, Rosario, Lizbina, Héctor Ignacio, Elsa Oliva, María Nelcy y Alba Clelia.

Quienes la conocimos en vida la llamábamos Doña Clelia. Sí, ella era toda una Doña en el sentido popular local que transmite admiración y respeto por quien era poseedora de una especial virtud para elaborar artesanías a base de fibra de plátano. Y se le admiraba igualmente por sus calidades humanas. Doña Clelia no solo formó su prole en el oficio, sino que lo hizo con artesanos de otros municipios como Rivera, Garzón y La Plata. Su trayectoria y reconocimiento nacional le merecieron ser invitada por el gobierno panameño a instancias de la Dirección de Artesanías Nacionales, para dictar un seminario en la ciudad de Colón sobre su experiencia de vida como artesana, hecho que se materializó en el año 2003, bajo la coordinación directa de la Secretaría de Cultura del Departamento del Huila.

El oficio de doña Clelia comprendió integralmente los conceptos del diseño y la aplicación de técnicas para la extracción y tratamiento de la materia prima, el hilado de la fibra y el posterior tejido lo cual daba como resultado bellos productos como bolsos, cachuchas, muñecas, sombreros, carteras, manteles, individuales, porta vasos, chalecos, faldas, vestidos, etc. “Mi madre fue la persona que en Colombia descubrió la fibra de plátano para ser utilizada en la elaboración de artesanías; eso fue por allá entre los años 1983 y 1985. Recuerdo que el señor presidente de la república Belisario Betancourt felicitó a mi mamá por el trabajo y en la época Artesanías de Colombia le dio la medalla al Mérito Artesanal”, expresaba su hija Rosario a solo tres días de muerta su madre.  La obra artesanal de doña Clelia nació en el seno de una familia en donde su madre era igualmente tejedora; así mismo, hermanas como Doña Jacinta, engrosaron con gran dignidad la dinastía de los Rengifo y Becerra, dedicados a crear objetos a partir de la fibra de plátano. De los descendientes de Doña Clelia pueden citarse los nombres de sus hijos Héctor, Rosario y Lizbina, quienes ya han logrado una figuración propia en el ámbito artesanal a nivel regional, nacional e internacional. “El primer maestro que tuvo mi mamá fue mi abuelita Guillermina quien por cierto era hija de Abigail Anacona y José Viviano Rengifo; y la mejor amiga que tuvo mi mamá fue mi tía Jacinta, también artesana tejedora”, continúa contando Rosario. Todo el acontecer productivo con los matices socioculturales en el que se desenvolvió Doña Clelia, ocurrió en el lugar conocido como El Estrecho, localizado a aproximadamente 200 metros del atractivo turístico que lleva su mismo nombre y que se conoce mundialmente por presentar un acantilado de 2,20 metros en el cual el cauce pleno del Río Magdalena se introduce para transcurrir con asombroso fragor. En el Estrecho y sus vecindades, se siembra la planta de Plátano o Musa Paradisíaca la cual, cuando ya tiene una corteza con el grado de madurez necesario, es utilizada para extraer cada una sus capas y llevarlas al rudimentario proceso de obtención de la fibra, en donde normalmente se utiliza el lomo de un machete o peinilla sobre el que se hace correr la corteza que va dejando a un lado la pulpa y en el otro las delgadas fibrillas que continuarán hacia la etapa de limpieza e hilado. Dada la importancia y calidad de los trabajos de Doña Clelia, mantenía permanentemente pedidos de ciudades como Cali, Cartagena y especialmente Bogotá. En la capital colombiana fue recibida durante décadas en la feria de Expoartesanías en donde gozaba de gran aprecio y excelente trato, tanto por la factura de sus productos como por su calidad humana. Los hijos de Doña Clelia la recuerdan como una mujer poseedora de la humildad, virtud que le franqueó la admiración y consideración de cuantos la trataron en vida. Siendo nuestra artesana una mujer de campo, le gustaba integrarse con la naturaleza de diversas formas y una de ellas era cantando música colombiana mientras realizaba sus tareas cotidianas; de hecho, su deseo siempre fue el de cantar, era en sí misma una mujer alegre y jovial. Dentro de las satisfacciones más sensibles que expresaba haber experimentado Doña Clelia, figuraron las múltiples distinciones obtenidas tales como ser ganadora en varias oportunidades del Encuentro Departamental de Maestros Artesanos que se lleva a cabo en la ciudad de Neiva en el marco del Festival Folclórico, Reinado Nacional del Bambuco y Muestra Internacional de Folclor.

Ella, una mujer sencilla, de tez morena y cabellos un tanto crespos, con un espíritu de servicio y amistad, es hoy por hoy uno de los referentes y baluartes culturales más importantes del Huila y de hecho, fue uno de los personajes que en la ruta eco arqueológica del sur huilense, era contactado frecuentemente por turistas y visitantes tanto para comprarle sus productos como para escuchar de ella la historia de cómo los hacía y cómo vivía en ese clima espectacular que tiene El Estrecho, con toda su numerosa familia rica en la expresión cultural de la artesanía. A la Maestra Rengifo solía vérsele con una gorra tejida por ella en fibra de plátano; la lucía en su pueblo San Agustín y también en Bogotá o en Panamá; formaba parte de su atuendo natural y quienes la tratamos sabemos que este implemento tenía una gran aproximación a su personalidad: suave y dócil como su espíritu de servicio, resistente cual voluntad para sortear las enfermedades que la aquejaron; y bella como su apariencia física de rasgos indígenas que nos remontaba a nuestro legendario y perdido pasado precolombino. Tenía Doña Clelia una arraigada convicción católica; de hecho, frecuentaba la iglesia los domingos para escuchar la santa misa. Era devota del Sagrado Corazón de Jesús y siempre estuvo presta para concurrir a los velorios de sus amigos. Consideraba que Dios es la fuente de vida y tal vez le hubiese gustado vivir hasta los 90 años. Nuestra querida e irremplazable artesana dejó de existir luego de ser aquejada por dos tumores cancerígenos en el páncreas, soportó con todo estoicismo y dignidad la enfermedad durante los dos últimos meses de su vida. “Cuando ella se dio cuenta de que era cáncer lo que tenía, dijo que ya no quería volver al médico, que la dejáramos en El Estrecho junto al rumor de las aguas del Magdalena y el trinar de las aves que durante toda su vida la despertaron y a los que tal vez quiso hacerles unísono con sus cantos de música colombiana”, termina compartiéndonos Rosario.

Para la posteridad queda el aporte de la enseñanza de Doña Clelia, en un oficio que bien puede considerarse una creación del arte popular el cual, en buena hora, fue entregado a comunidades de lugares como La Jagua en Garzón, San Agustín, Pitalito, La Plata, Rivera, Neiva e incluso en el vecino país de Panamá en la ciudad de Colón. Sus hijos y algunos nietos han asumido con todo esmero el reto de perpetuar para las generaciones venideras, las técnicas de extracción, hilada y tejido que les legó su madre y abuela.