Por Amadeo González Triviño

Es preocupante que dentro de la órbita mundial hayamos sido reconocidos como corruptos. Pero lo más preocupante es que hoy en día estemos ocupando el primer puesto de esta tabla donde se evidencian todas las formas posibles de corrupción, aparejadas a un sistema judicial, político y económico, donde la corrupción es la base esencial de una democracia de papel, de una democracia que tocó fondo, hace mucho tiempo y que nos negamos a reconocer y aceptar como tal.

Triste que se pregone que somos corruptos, cuando a los niños se alimentan con tamales de treinta mil pesos que son suministrados por empresas de papel y tienen su sede en talleres donde laboran mecánicos o afines; es triste que somos corruptos por estar alimentando a los niños con pechuga de pollo que se vende a cuarenta mil pesos por ración o bien que el valor con el que se vende el atún, el arroz y el aceite, en la canasta de los damnificados por la pandemia, por los desastres naturales o por las afectaciones sociales, tengan costos que sobrepasan el doscientos, trescientos y hasta el cuatrocientos por ciento, y tienen y aseguran que somos corruptos?

No son Venezuela, ni Cuba, ni un país centroamericano como Nicaragua, Guatemala, Honduras, Salvador, entre otros, los que ocupan ese primer lugar, sino que hace tiempo, somos los demócratas de Colombia, que durante los últimos veinticinco años han gobernado este país, quienes se han empeñado por sacar adelante este emérito reconocimiento y a fe de ciencia cierta, que lo hemos logrado con la indiferencia propia de nuestras comunidades, con el silencio cómplice de las autoridades y con la entereza de un cambio o de políticas transformadoras de violencia, de masacres y de violación permanente de los derechos humanos.

Y son nuestros padres de la patria, lo que hacen parte del coro del mismo gobierno, quienes a ultima hora en un acto de soberanía política e institucional, procuran derrumbar una eventual reforma a la salud en Colombia, o una reforma a la Justicia, y donde las teorías de matar a toda hora, se constituyen en la premisa de la defensa de las instituciones, disparando a matar como lo han hecho los soldados en los presuntos retenes en las vías públicas, o como lo ha hecho el Inpec en las pasadas formas de enfrentar los reclamos de los reclusos hacinados y desconocidos en sus derechos ciudadanos, según informes de Medicina Legal conocidos por todos.

Pero tenemos muchos atributos, tenemos mucho que reconocer a nuestro Estado Social de Derecho. Somos una democracia que desconoce al otro, que vilipendia los derechos ciudadanos y donde la Justicia, es un comodín que solo le sale en las cartas de quienes están en primera hora en el manejo de la cosa pública y hacen trampa en el juego, como los hacedores de infortunio o como los encargados de toda clase de vejámenes y de afrentas contra la ciudadanía misma.

Y nuestro país no se detiene. Somos tan corruptos, que los muertos eligen a sus presidentes, a sus congresistas y son los encargados de direccionar el curso político de cada región en nuestro Estado de Derecho, reciben los auxilios económicos y reclaman sus cuotas y mesadas pensionales. En tanto que son las entidades encargadas de la protección de los niños, los que apoyan a esas familias de cerca de doscientos hijos, para ser receptores de las ayudas y de los apoyos del Estado en esta época de crisis y son los gobernantes o los intermediarios en estas políticas de apoyo ciudadano, los que se quedan con los donativos o los auxilios nacionales e internacionales que se reciben todos los días en las permanentes afectaciones sociales y naturales de que somos víctimas.

Mientras esto sucede, nuestro país se desangra con masacres y con la muerte de líderes sociales y las autoridades no se inmutan y se premia y se apoya y se elogia a quienes nos han llevado a esta hecatombe.

Bienvenida nuestra democracia de la corrupción, del caos y del bandidaje auspiciado desde todos las instituciones públicas y privadas.