Por: Harold Salamanca

Ahora sí le llegó la hora de la verdad al sistema financiero, después de que El Salvador se convirtiera en el primer país en aceptar el Bitcoin como moneda de curso legal. El trámite se realizó a través de la llamada Ley Bitcoin, que  formaliza el uso de la criptomoneda de forma ilimitada en cualquier transacción dentro de ese país. Según sus impulsores el propósito es crear más oportunidades de empleo, generar dinamismo económico y estimular  la  economía formal de tal manera que se mejore la calidad de vida de los salvadoreños.  Hoy en día el 70% de la población no se encuentra bancarizada y no tiene acceso formal a servicios financieros tradicionales.

Para ponernos en contexto, es preciso decir, que la primera moneda digital, apareció en el  año 2009, y están concebidas como  un medio virtual de intercambio que cumple la función de una moneda totalmente digital, utilizando métodos criptográficos para asegurar transacciones financieras, controlar la creación de nuevas unidades y verificar la transferencia de activos. Es un sistema  financiero absolutamente disruptivo y descentralizado. Es decir que no es controlado por un único servicio o empresa. No incorpora en su operación estructural a ningún banco y su filosofía propende por eliminar intermediarios  en las transacciones, reduciendo costos y tiempo de forma considerable.

En torno a las criptomonedas, se han generado corrientes de pensamiento, unos  las ven como una amenaza, porque temen que se conviertan en un canal para el lavado de activos y financiamiento del terrorismo, también se les acusa de ser el inicio del fin del dinero en efectivo, incluso temen que pongan en riesgo la estabilidad financiera del planeta.  De otro lado, están los que creen que el uso de  tecnologías descentralizadas  hacen visibles las operaciones y lo convierten en un sistema seguro y eficaz.

Lo que sí es cierto, es que las criptodivisas han puesto a temblar al sistema financiero mundial que estaba acostumbrado históricamente a imponer sus condiciones y a encarecer cada vez más todo lo que se transa a través de sus plataformas. Le llegó la hora de reinventarse a la industria financiera tradicional, apoyada en tecnologías que conjuguen las ventajas de los dos mundos, redefiniendo modelos más económicos para los usuarios, abiertos, seguros, transparentes y colaborativos. Todo esto sin perder de vista que la razón de ser es el bienestar de los seres humanos.