El fértil semental F1, hecho para engendrar becerras tipo leche, con sus 30 arrobas forradas en reluciente piel, no quiso ceder tan fácil. Embestía a cada uno los 7 cuatreros que ahora le habían colgado en su musculoso cuello, dos manilas de fibra industrial. Cuatro de ellos le toman por sus extremidades mientras que otro le corta de tajo cada una de las orejas por las que profusa chispea la sangre, debilitando al enorme ejemplar. Muge el rey de la vacada que, a 100 metros, bajo el claro de luna en la sabana, llena de estupor y miedo, siente la despedida del macho, ahora inerte, desollado.

Este drama, lleno de fuerza, sangre y dolor al que fue sometido uno de tantos toros, se une a las centenas de novillas y vacas lecheras que en los diferentes municipios del Huila, son sacrificadas por abigeos bajo el manto de la noche, declarándole abiertamente la quiebra a los pequeños ganaderos que a diario corren hasta el potrero para presenciar restos de huesos del semoviente sacrificado y robado por delincuentes.

Esto duele mucho. El campesino ha puesto su esfuerzo y fe en cada animal que cría y cuida para prodigarse el sustento de su familia y el pago de deudas, incluso la del banco que le prestó para la compra de las vacas que le son hurtadas.

El flagelo que se hace notorio en el norte del Huila como en los municipios como Rivera, Campoalegre y Palermo, se ha intensificado tanto que tiene alarmados no solo a las víctimas directas: los ganaderos, sino también a los directivos del Fondo Ganadero en Huila, Comité de Ganaderos, Secretaría de Agricultura y Minería y Ceagrodex, al tiempo que desconcertadas a las autoridades de policía que aún no logran dar siquiera un solo golpe para apresar a estos delincuentes.

La situación es tan complicada en términos de los volúmenes de carne en canal que se venden en tiendas, mataderos clandestinos, micro centrales de abastos y hasta en casas de barrio, ante lo cual los mataderos regionales como Ceagrodex, hechos justamente para hacer un sacrificio de animales bajo normas técnicas y protocolos de salud humana, ven mermadas sensiblemente sus ventas, amenazando sus ingresos y potencializando las perdidas.

De acuerdo con pequeños ganaderos víctimas de esta modalidad de robo, la criminal empresa es siempre ejecutada por grupos de entre 6 y 8 hombres quienes después de someter y matar al animal, despresan el cuerpo en solo 20 minutos, dejando apenas la bolsa del menudo, a veces las patas y el costillar desnudo pues son tan expertos que retiran toda la carne con precisión de cirujano. La mayoría de los afectados llaman a la policía local cuyos efectivos concurren al lugar, toman fotos, indagan al dueño en temas incluso intrascendentes como por ejemplo si es bachiller o fue a la universidad. Después le dicen al frustrado ganadero: esto está pasando en veredas como Honda Alta, Guadual, también en La Ulloa y en la vía a El Caguán. Y se van para de ellos nunca volver a saber el campesino.

Y es que el ganadero está tan comprometido con sus animales que sortea el verano cuando la comida escasea, se endeuda para comprar melaza o concentrado, cura las heridas y les extrae los parásitos; con todo esto puede, en cambio no con el delincuente que vela su sueño y se encarniza en el potrero o hasta en los mismos corrales de ordeño. En varios casos, pequeños ganaderos se han visto obligados a vender sus animales de ordeño, acabando no solo con su ingreso de sustento sino también con la leche que requiere la bizcochera, la madre comunitaria y despidiendo al ordeñador matutino. Una cadena de oferta, economía y bienestar que se rompe desde su eslabón fundamental: la producción lechera y de carne.

No se entiende cómo la policía y las autoridades militares han dejado tan solos a los hombres y mujeres del campo, cuando el crimen es tan popular como el robo de celulares en las calles de Neiva. Deberían hacer retenes en las vías secundarias de los municipios afectados, en la noche y en la madrugada. Pasar revista y exigir a los expendios de carne el cumplimiento de los protocolos correspondientes.

Como al barcino de Villamil cuyo hocico huele a poleo, la ganadería del pequeño empresario lleva a cuestas la afrenta del fulgente acero que de noche deslumbra el monte o el llano con el alma de reses, maldiciendo la dignidad del campo y sus abnegados hijos: los ganaderos.