El cuerpo de indios Otaces, extraña el tizne en sus rostros. La Mamapura dice que puede aguantar las ganas de besar al Taitapuro, más no las de ver a sus gentes descubriendo la belleza desde la fealdad de su inocente rostro.  Corona Virus infame; no te ha bastado llevarte el aliento de los vivos, sino que arrebatas los sueños de muchos, también los de cada creador. Los artesanos que toda la vida han hecho la fiesta desde la magia de sus manos y la virtud de su excepcional sensibilidad, silenciaron los giros del viejo torno alfarero y deshicieron los tejidos de La Jagua, cuál Penélope, aún con esperanza.

Y ni qué decir de las salas y museos de arte, cuyos muros han formado un mudo sindicato contra pintores, escultores o fotógrafos, que inexplicablemente les negaron el color y las formas de las que cobraban vida. Vaya qué colosal adversario eres Covid 19, que sin saber leer y menos escribir, corriste de los parques, plazuelas y casas de teatro, a cuenteros, poetas y novelistas, privándolos del lenguaje de señas, de las miradas que cantan y de los abrazos que hermanan, dejándoles solo el mundo virtual como único diálogo.  Los ojos de cada pueblerino, aquellos que se posaban sobre los danzantes cuerpos en éxtasis de cumbia o mapalé, o sobre el vuelo de la cadencia del Sanjuanero vitoreado en un 24 de junio, lucen apagados, con la tristeza del amante abandonado.

Tan aciago panorama, nos deja la pena de estar perdiendo la manifestación de nosotros mismos en la cultura centenaria que marca al pueblo, al territorio; a la vez, es una oportunidad para que gobiernos, empresa privada y comunidad en general, reconozcamos la importancia de tener organizaciones dinámicas que impulsen la identidad local, regional y nacional.

Ciertamente, de continuar en nuestras vidas, este incómodo e indeseable vecino llamado Covid 19, tendremos que asistir a la desaparición de los bellos, festivos y edificantes matices que nos distinguen como raza. Los más adultos apenas hablamos de folclor, mientras los jóvenes y niños, crecen sin ni siquiera el imaginario variopinto que es la cultura opita. Quién podrá Pegarse la Rodadita, en medio del silencio obligado de tamboras que llenas de polvo en el cuarto del rajaleñero, contarán el segundo año sin la picardía del repentista Hijuelapo y el tono de la guitarra, ahora desafinada, huérfana de las manos, de los dedos que solían afinarla para estallarla en sonidos, en voces, en gritos, capaces de devolver a todos la alegría, en un Sanpedro.