James Hamblin es médico, profesor en la Universidad de Yale, experto en medicina preventiva, columnista y escritor del libro Limpio: la nueva ciencia de la piel y la belleza de hacer menos que es el resultado de un experimento en carne propia: dejó de bañarse hace cinco años.

Según las investigaciones del dr Hamblin, no solamente pasamos mucho tiempo, además gastando agua, en la ducha, sino que es una práctica que, al contrario de lo que se piensa, no es sano para la salud de la piel y del sistema inmunológico.

Su experimento, en el que consultó con otros expertos como dermatólogos, alergólogos e inmunólogos, resultó en el análisis científico del efecto de bañarnos a diario. Y según ello, no es algo bueno del todo.

Hamblin explica en una entrevista con la BBC que estamos recubiertos de microbios y bacterias que lejos de hacernos daño, al contrario, con como una especie de “interfaz con el entorno” que tienen nuestro organismo y que por siglos siempre tuvimos encima, antes de que ducharse, bañarse a diario, fuera una costumbre generalizada.

El doctor recuerda que hasta hace poco bañarse a diario o tener incluso acceso a una ducha era privilegio de pocos. Dicho ecosistema microbiano, dice Hamblin, le ayuda al cuerpo, en especial a las células inmunitarias, a ‘leer’ las señales externas a través de la piel, en contacto con la sangre.

Eliminar a diario ese ecosistema de bacterias y grasas del cuerpo no es algo bueno. O por lo menos no es una necesidad médica bañarse a diario, usando químicos agresivos presentes en jabones y champú.

¿Cómo se asea?

Hamblin reveló que dejar de bañarse no es algo que se pueda hacer de un día a otro, sino que debe ser un proceso paulatino. Y que es verdad: al comienzo se huele mal.

Pero que luego de un tiempo, en que el cuerpo regula la producción y presencia bacteriana en la piel y el pelo, aparece nuestro verdadero olor corporal, que es “a humano”, un olor natural “que no está mal” y que nos ayudó por millones de años a comunicarnos entre nosotros y el entorno.

Dice que se asea cuando lo desea, cuando se ensucia evidentemente con algo, o cuando necesita enjuagarse, pero solo con agua y rápido.

Por ello recomienda comenzar por reducir, primero, la cantidad de duchas en la semana. Luego eliminar paulatinamente el uso de jabones, champú y perfumes. Hasta llegar al estado “ideal” de no bañarse.

Dice, finalmente, que su idea no es alentar a la gente a que deje de bañarse, menos de un día para otro. Y recuerda que lavarse las manos y los dientes, de la manera tradicional, sí es una práctica recomendable que no ha dejado.