Diario del Huila

Doppelgänger o del doble fantasmagórico 

Jul 7, 2021 | 0 Comentarios

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Por: Winston Morales Chavarro

Una aclaración: en Colombia hay periodistas de todas las raleas. Los hay buenos y malos, mediocres y sabios, éticos y «regalados» (o vendidos, que viene a ser lo mismo).

No sé quién es el autor, pero hace mucho tiempo lo escuché: «Los medios tienen dueños, y los dueños, intereses». Históricamente los medios siempre han tenido dueños. De hecho, gran parte de los periódicos del mundo poseen un origen político. Liberales, conservadores, comunistas, demócratas o republicanos. Y cada uno de ellos persigue un ideal político o económico. O ambos. Así de simple. Es una lógica inexorable. Cada quien habla en su casa del modo que quiere ser escuchado.

Los principios del periodismo, contrario a lo que sucede con el emprendimiento y la creación de empresa, son la ética, la objetividad, la veracidad, la exactitud, la precisión, entre otros. Un buen periodista debe apelar a la verdad, no importa que esta vaya en contravía de su perspectiva u orientación política. De eso nos habla la «objetividad».

Sin embargo, a lo largo de la historia, se ha demostrado que la objetividad no existe. A partir de las teorías de la física moderna como la relatividad (Albert Einstein, 1905) o el principio de incertidumbre (Werner Heisenberg, 1927), los conceptos de tiempo, espacio y observación fueron fuertemente confrontados. Digamos que a partir de esos años de grandes respuestas, el enfoque, la perspectiva, el locus enunciativo comenzaron a ser tenidos en cuenta para revaluar categorías como la objetividad o la veracidad.

«Soy subjetivo, ya que soy sujeto. Si fuese objetivo, entonces sería un objeto», dijo hace ya varias décadas el poeta y ensayista español José Bergamín Gutiérrez. No sé si antes de José Bergamín alguien pensó en esta realidad sujeto-objeto, pero creo que la afirmación de Bergamín establece unos cimientos bien interesantes sobre el asunto de la objetividad.

Ahora, sabiendo esto, siendo consciente de que tu voz, tu punto de vista, tu lugar de enunciación, tus lecturas, tus aprendizajes, tu orientación política marcan derroteros sobre el lugar que ocupas en el mundo y sobre cómo interpretas ese espacio y ese tiempo en el mundo, debes ser consciente de esas conexiones y tratar de distanciarte del velo con el que observas la realidad o tu realidad. En otras palabras, tratar de quitarte el velo de Isis o poner de un lado los anteojos (azules, verdes o negros) con los que estás mirando el paisaje de eso que tú llamas real.

Ahí es donde cobra relevancia la verdad, o la búsqueda de ella. Encontrar la verdad es incómodo, e incluso doloroso. A nadie le gusta ser confrontado en su sistema de valores o de creencias. Es como seguir afirmando, pese a todas las evidencias científicas y tecnológicas, de que la tierra es plana. Y hay millones de personas que todavía lo creen. No obstante, la verdad es un hecho sagrado y nadie, por más que se esmere en demostrar lo contrario, puede estar por encima de leyes universales o supraterrenales.

Dicho esto, no creo en el periodismo colombiano que se hace desde la contemporaneidad, desde el centro (Bogotá) y desde el poder (medios hegemónicos contra medios independientes-alternativos). Salvo contadísimas excepciones, la mayoría de periodistas colombianos no son sino loroparlantes del teleprónter y de los editores, de esa «realidad» impuesta por los dueños de los medios o por la misma agenda periodística diseñada por el director o jefe de redacción (casi siempre vinculado con una casa política).

Un periodista (anualmente se gradúan entre 1.350 y 1.600 comunicadores sociales y periodistas en el país) jamás en la vida debería contemplar la posibilidad de leer lo que los demás (las cabezas invisibles) le imponen como voz, «realidad» o concepto. Honestamente no creo que ninguno de quienes presentan noticias (radio, prensa o televisión) sea dueño autónomo de sus criterios. Después de las últimas editoriales de «El Tiempo», sin duda impuestas por Sarmiento Angulo, ¿qué piensan quienes trabajan para ese medio? ¿Patearán la lonchera? ¿Se automutilarán el lenguaje y la lengua? No hablemos de la revista Semana ni de RCN (radio y televisión) o Caracol.

Puede que a usted, amigo periodista, le interese salir en cámaras. Más me pregunto una cosa: ¿para qué? ¿Para ser otra máscara que oculte su verdadero rostro y su verdadero corazón? ¿Es usted usted o es usted un remedo (en el peor de los casos un doppelgänger) del doble fantasmagórico de su jefe o de la empresa para la cual trabaja?

¿Vale la pena estudiar periodismo? Quizás por dinero, estatus o reconocimiento social sí. Pero está más que demostrado que el periodista de hoy no es el intelectual ni el humanista de ayer. Es más, la censura ya no viene de resortes exteriores sino del propio periodista. De modo que no estaríamos hablando de censura sino de autocensura: morderse la lengua frente a la lonchera.

Cierro esta columna con una frase que le escuché hace más de veinte años al periodista colombiano Guillermo González Tamayo: «La ética existe hasta cuando te toca el estómago.»

¿Qué opinan ustedes?

 

Autor: WebMaster

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