Por el P. Toño Parra Segura                                padremanuelantonio@hotmail.com

Este tiempo fuerte de la liturgia de la Iglesia tiene dos aspectos que se complementan: El Adviento – Nacimiento y el Adviento – Parusía. El primero es preparación en el aspecto histórico: pañales, pesebre, la mula y el buey, José y María buscando hospedaje, etc. Ese hecho se convierte en sacramento como preparación a la gracia de la filiación divina. Preparación para recibir la abundancia de gracia divina de la cual se puede participar en las celebraciones litúrgicas.

El otro aspecto: Adviento – Parusía es la espera escatológica o manifestación gloriosa de la filiación divina que tendrá lugar al final de los tiempos. Así lo presenta Isaías como “el Señor de la gloria, acreditado por la fuerza de su brazo y que a la vez viene como pastor” (Is. 40, 11).

Ahora, es espera de todo eso, dice hoy la Carta Segunda de Pedro: “Procurad que Dios os encuentre sin mancha ni reproche y en paz con Él” (2 Pe. 3, 14).

Isaías al igual que Juan tienen un lenguaje parecido en cuanto a la preparación para las diversas venidas de Cristo: Preparad el camino, es decir una vía llana en donde no existan ni hondonadas llenas de vacíos, ni cerros y colinas que quieran emular con la grandeza del que va a venir.

Eso se llama conversión personal. Cada creyente en la situación en que se encuentre tiene que hacer un alto en el camino de su vida, para evaluar el cambio de mentalidad logrado con tanta predicación de siglos y la nueva conducta moral en justicia, en paz y en amor. Tanto Isaías como Juan Bautista son precursores de la tierra nueva y del cielo nuevo que Jesús venía a establecer.

La figura de Juan que nos presenta San Marcos en este segundo Domingo del Adviento es la expresión de esa necesidad de cambio.

La palabra desierto no significa solamente el escenario del Bautista para la predicación, sino el campo de todo corazón que aún permanece estéril, sólo, y vacío de la palabra de Dios, base para la conversión.

Isaías y Juan fueron precursores auténticos de la venida de Cristo. El primero en el Antiguo Testamento, Juan en el Nuevo, con la experiencia vivida no sólo de quienes salieron a escucharlo y a hacerse bautizar, sino con la presencia de Jesús que quiso que lo bautizara en el Jordán.

La figura austera y penitente del Precursor impresionaba desde fuera: “Cubierto con una capa de pelo de camello, cubierta la cintura con una prenda de cuero y alimentándose de langostas y miel silvestre” (Mc. 1, 6).

Anuncia un bautismo de agua, como figura del verdadero bautismo con el Espíritu Santo que dará Jesús a su Iglesia (Mc. 1, 8).

Nuestro Bautismo recibido de pequeños nos exige una conversión de grandes. Se supone un seguimiento de ese Sacramento para que no se quede en un simple rito, sino en la realidad de la filiación divina.

Porque pertenecemos a la familia de Dios, nuestro proceder debe ser de acuerdo a esa calidad de “sacerdotes, profetas y reyes” que se nos regaló en el sacramento.

Somos a la vez precursores para los que no conocen a Cristo y esto nos obliga más al testimonio de vida en la humildad y en el amor. Ojalá  que cada uno pudiera decir lo mismo de Juan: “Miren, detrás de mí está Jesús”, el que vale la pena, el único que salva. Las huellas de un convertido producen más efecto que la simple predicación sin testimonio de cambio.  Que este Adviento nos despierte para una verdadera conversión.