Daniel Raisbeck

Hace pocos meses, los usuales agoreros dictaminaron de nuevo el fracaso e inminente fin del capitalismo. Según los profetas de la destrucción, la pandemia había demostrado la inviabilidad del libre mercado a nivel global. La salvación del mundo, aseguraron, dependía únicamente de medidas autoritarias y de la intervención absoluta y permanente del Estado en todo aspecto de la vida humana.

Dicha tesis era deficiente. En primer lugar, el resto del mundo se hubiera podido preparar mejor para el surgimiento del Covid-19 si el Partido Comunista chino no hubiera ocultado su presencia y peligro en diciembre del 2019. Además, el 23 de enero las autoridades chinas prohibieron los viajes desde la provincia de Hubei al resto del país, pero no al resto del mundo. Como dictaminó el historiador Niall Ferguson, China- y con ello se refiere al Estado chino- “causó este desastre”.

También están las burocracias globales que consumen grandes cantidades de recursos públicos para monitorear los riesgos a la salud pública y recomendar medidas efectivas para superar las emergencias sanitarias. Decir que esta vez fueron poco competentes sería quedarse corto.

¿Cómo olvidar que, en enero, la Organización Mundial de la Salud (OMS) difundió la mentira de China acerca de la falta de evidencia que demostrara la transmisión humana del virus? ¿O que la OMS ignoró las advertencias tempranas de Taiwán, país al que no reconocen las Naciones Unidas por presión de Pekín, acerca de la letalidad de la enfermedad?

Aunque los gobiernos causaron inmensos daños colaterales al reaccionar a la pandemia, condenando a millones de empresas pequeñas a la quiebra con sus cuarentenas, el sector privado sobresalió por su eficiencia y creatividad. No sólo se mantuvieron las cadenas de suministro de alimentos, sino que, como comenta el autor Johan Norberg, surgieron innovaciones manufactureras para producir equipos médicos muy necesitados, y “múltiples nuevas tecnologías o servicios que alivian el agobio del confinamiento en casa”.

La aceleración forzada del teletrabajo es una gran victoria para la autonomía individual. Como escribe el publicista Rory Sutherland, el libre mercado logró reconocer “que a la gente le gusta más su trabajo si puede escoger dónde y cuándo lo desempeña”. Sutherland calcula que la posibilidad de trabajar en casa puede equivaler un incremento del 20 % de un salario, dado el ahorro en costos de transporte, atuendos de oficina y comida en restaurantes.

El libre mercado y el ánimo de lucro también produjeron las vacunas que, después de un año de tremendas dificultades, son una fuente de optimismo frente al 2021. BioNTech, la compañía farmacéutica que desarrolló una de las vacunas disponibles junto a Pfizer, ya había cumplido cinco de sus ocho objetivos definidos antes de recibir 375 millones de euros del gobierno alemán en septiembre.

La crisis del coronavirus aún puede tener terribles consecuencias económicas en el largo plazo, pero esto se debe a la acción estatal, particularmente a la desenfrenada impresión de dinero y la excesiva acumulación de deuda. Pero, una vez más, la asombrosa capacidad de adaptación del capitalismo ha sido ratificada.