Hemos perdido la esperanza. La han matado y con ello, al final de este tortuoso camino, los colombianos empezamos a entender, con indignación y casi con rabia, que no hemos elegido gente competente para gobernar la nación y que, ahora más que nunca, es necesario un viraje en el timonel.

En estos tiempos ha quedado desnuda la inocuidad de un régimen político que ha llevado al traste no solo los recursos, el presupuesto y la moral, sino también el futuro, la agenda de desarrollo de una nación que, en algunas épocas no muy lejanas, mantenía chispazos anímicos de optimismo. Hoy, el pesimismo es generalizado y muy pocos creemos que la situación vaya a mejorar. Nos enteramos que la tesorería del gobierno no tiene caja, en medio de una pandemia que acabó de empobrecer a los pobres y a los que no lo eran, que nos hizo retroceder por lo menos una década en los avances sociales, una época marcada por la corrupción y la ineficiencia en la administración pública; al tiempo que nos clavan una reforma tributaria y se nos advierte que debemos hacer el esfuerzo supremo por el futuro de nuestros hijos, de entregar lo que nos queda en los bolsillos.

Estamos en manos de abusivos que han despilfarrado y malogrado el futuro. Se supone que solo se debe gastar lo que se tiene y si ingresa poco, pues se gasta poco; como en cualquier empresa bien administrada. Pero NO; aquí no fue así. La raíz del problema de la mala administración es que en la política hay demasiados incompetentes y la gente no sabe elegir. No voy a generalizar porque sería injusto, pero siempre he sostenido que, en medio del barullo de la sociedad, hay una permanente competencia entre lo bueno y lo malo; entre lo que está bien hecho y lo que no; entre el abusador y el hombre bueno. Y lamentablemente en ese remolino, repito, el pueblo no sabe distinguir.

Los invito a reconocer que hemos fracasado al elegir a las personas incorrectas para gobernar la nación. Si aceptamos nuestra culpa, por lo menos tendremos claridad para buscar una solución. No estoy invitando a irnos al otro extremo de la izquierda ideológica. No se equivoquen. Los invito a que, con sensatez y buen juicio, entendamos que cuando elegimos un gobernante decidimos el futuro de nuestros hijos. Opongámonos a la reforma tributaria y busquemos a los más probos y capaces para enfrentar los duros tiempos que se avecinan. Hoy, este es un asunto de supervivencia.