Por José Amar Amar

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Mientras algunas calles de la ciudad y los centros comerciales se llenan de luces y de música, anunciando un nuevo año que nos convoca a la unión familiar, en más hogares de los que usted se imagina hay una profunda tristeza por quien ya no está.

Al número de fallecidos de cada año tenemos que agregar más de 40 mil víctimas de la Covid-19, que no estarán acompañándonos para recibir el Año Nuevo.

Todos los días los medios de comunicación nos presentan números y gráficos de nuevos decesos, desconectándonos del hecho de que los que murieron eran padres, madres, abuelos, hijas, primas o tíos que dejan sufriendo a las familias que enfrentan la dolorosa ausencia.

Por eso, este fin de año es muy desalentador para quienes han sufrido la muerte de un ser querido, debido al profundo dolor por los que ya no están; y para los que hasta ahora nos hemos salvado de esta situación, más que una celebración de fiesta de fin de año será un encuentro lleno de temores.

En mi extenuante recorrido por la larga existencia nunca había vivido una tragedia tan prolongadamente peligrosa, en la que cada día nos amenaza, nos atemoriza, nos aísla, y donde la idea de la muerte ronda permanentemente en nuestra cabeza volviéndose intolerable.

Ese año de reflexión me ha convencido de que nunca nada volverá a ser como antes. Afortunadamente los seres humanos podemos conservar lo que nos agrada y eliminar lo que no tiene sentido.

En estos últimos cincuenta años construimos una nueva forma de vida que logró exitosamente agotar el medioambiente que nos fue otorgado. Una sociedad que cada día nos llenaba de nuevos deseos, la mayoría artificial, innecesaria, pero que se volvían prioritarios para encontrar satisfacciones efímeras.

Seguramente, con las mismas condiciones económicas, tendremos que aprender a limitar nuestros deseos de apropiarnos de todo lo que vemos. Sobre este tema el filósofo ruso Nikolái Lossky nos decía: “Si una personalidad no se orienta a valores más elevados que su propio ser, inevitablemente tomarán el mando la corrupción y la decadencia”.

Abrigamos la esperanza de que todo lo experimentado en este año de la Covid-19 no haya sido en vano. Es posible que después de todas estas vicisitudes saldremos más templados y de alguna manera los niños y jóvenes que han vivido esta larga y tormentosa experiencia adoptarán nuevas formas de pensar para organizar su vida.

En estos meses de pandemia hemos podido vislumbrar que la solidaridad humana todavía existe en muchos ámbitos de la sociedad: los trabajadores de la salud, los policías, los profesores y tantos otros grupos han hecho grandes sacrificios personales para asegurar nuestra supervivencia y reafirmar la esperanza en los seres humanos, para seguir bregando por un día a día menos doloroso para el mayor número de personas.

 

Hoy, la mayoría de los habitantes del mundo esperamos el nuevo año con la esperanza de la vacuna salvadora. Pero no esperemos todo de la ciencia. Seguro vendrán nuevos virus y nuevos tormentos. Afortunadamente los seres humanos somos los únicos que podemos reinventarnos cuantas veces queramos.