La nostalgia por la economía de mercado parece estar de vuelta a Venezuela y al Perú.

Maduro, agobiado por las penurias económicas, por el desabastecimiento, y por la triste historia del bolívar que ya ha sufrido por la hiperinflación tres mutilaciones de ceros, parece estar añorando ahora la economía de mercado. La semana pasada se avino a abrir (aunque parcialmente) la frontera que él mismo había cerrado en 2015. E hizo un llamado a los empresarios colombianos para que hicieran negocios con Venezuela.

En el Perú parece estar dándose un giro semejante. El folclórico presidente Castillo le pidió la renuncia al primer ministro Guido Bellido y a todo su gabinete. Bellido era la ficha de Cerrón, jefe del principal soporte parlamentario del presidente peruano.

Parece que la gota que rebosó los ánimos fue la inconsulta amenaza de Bellido a la compañía que explota el rico yacimiento gasífero de Camisea, conminándola a elevar las regalías pactadas contractualmente. Y todo esto, luego de un viaje de expiación que había hecho el educador presidente del Perú a los Estados Unidos prometiendo respeto para con la inversión extranjera y tratando de sacudirse el lodo de comunista que ensucia su imagen.

El respeto al mercado y a la empresa privada parece estar, pues, volviendo gradualmente a Venezuela y al Perú. A la primera tardíamente; y al segundo a escasos dos meses de haberse posesionado el nuevo mandatario.

Sin embargo, los llamados de Maduro a los empresarios colombianos fueron respondidos con cajas destempladas por el presidente Duque. Dijo que “eran cantos de sirena” que había que ignorar.

Cuenta Homero que cuando Odiseo estaba de vuelta a Ítaca, su tierra, oyó los cantos de las sirenas. Y para evitar caer prisionero de la malvada Circe ordenó que toda la tripulación se pusiera cera en los oídos y que a él lo amarraran a los mástiles de la embarcación.

Algo parecido está haciendo el gobierno colombiano. En vez de tomarle la flota a Maduro y aprovechar para avanzar hacia una normalización mínima de las relaciones comerciales con el régimen de Caracas, prefiere amarrarse a los mástiles como Odiseo y llamar “voces de sirena” la invitación de Maduro a los empresarios colombianos.

Grave error. Maduro y su gente son obviamente antagonistas ideológicos y políticos de Colombia. Pero no es con desafinados conciertos en la frontera o con desabridos mensajes verbales como vamos a desestabilizar al gobierno de Caracas.

Aún los más feroces antagonistas dialogan. La semana pasada Corea del norte anunció que reestablecía sus contactos con su vecina del sur para mantener canales abiertos de diálogo. Que un gobierno piense diferente, o actúe distinto al otro, no debe llevar a mantener una guerra verbal permanente con el antagonista.

El gobierno colombiano se apresuró a descalificar los llamados de Maduro recordando las experiencias expropiatorias del régimen de Caracas y diciendo que no podíamos prestarnos a ser idiotas útiles pues detrás de todo estaban las miras de Maduro en las próximas elecciones. Esta óptica simplista ignora que antes de inversiones directas de capital las relaciones entre los dos países deben empezar por reconstruir el comercio. Que en 2008 alcanzó US$ 7,200 millones al paso que en el 2020 apenas llegó a US$ 222 millones.

La pesificación de la economía venezolana debería facilitar este necesitado repunte comercial. Y la figura de la carta de crédito bancaria debe darles seguridades a los empresarios colombianos interesados en vender a Venezuela. Que no son pocos.

Es urgente también reabrir los consulados de lado y lado. Las comunidades que viven a lo largo de la frontera están reclamando este servicio con apremio. Otro tanto vienen pidiendo los gremios económicos de Norte de Santander y del Táchira que jugaron papel fundamental en la apertura de la frontera.

Ahora que la situación humanitaria y de pobreza parece haber tocado fondo en el vecino país; ahora que Venezuela necesita apremiantemente importar y nosotros exportar; ahora que como en el Perú, Venezuela parecen estar dándose cuenta de la torpeza que significa darle la espalda a la economía de mercado, no es el momento para amarrarnos como Odiseo a los mástiles y ponernos cera en los oídos.