ERNESTO CARDOSO CAMACHO

Definida la incertidumbre política en los Estados Unidos al confirmarse por el Congreso la elección de Joe Biden, quien habrá de asumir sus funciones a partir del próximo 21 de enero, se abre paso la instauración de un nuevo orden económico mundial en el cual las grandes corporaciones multinacionales financieras y de las tecnologías, impondrán el cambio de paradigmas éticos y morales que, a su vez, generarán la transición cultural que podría afectar a la humanidad en su permanente evolución histórica.

El fuerte enfrentamiento ideológico, político y cultural que se evidenció durante el proceso electoral norteamericano entre el llamado globalismo practicado por el “estado profundo” que eligió a Biden; y los nacionalistas patriotas liderados por el presidente Trump; más temprano que tarde habrá de expandirse por los demás países desarrollados de Europa, Asia y América, en la medida en la cual existen elementos similares que comparten sus respectivos sistemas democráticos.

Para comprender mejor esta hipótesis de la ciencia política que ha venido siendo expuesta por diversos analistas y politólogos de reconocida trayectoria académica, es necesario referir que el “estado profundo” que promueve el globalismo esta conformado por las castas políticas tradicionales enquistadas en el poder desde hace muchos años, a quienes no les motiva su pertenencia a un determinado partido político sino la conservación y consolidación de sus particulares intereses y privilegios.

La globalización de la economía constituye su esencia principal, pues en tal escenario las corporaciones y conglomerados financieros ejercen el dominio de la producción y el intercambio comercial de bienes y servicios.

Por su parte, los llamados nacionalistas o patriotas, procuran estimular el sistema económico capitalista de libre mercado, pero enfocado a la satisfacción de las necesidades internas de su población, protegiendo de esta manera la manufactura nacional y el empleo de sus ciudadanos; esquema con el cual colocan trabas y limitaciones a la migración masiva de extranjeros a su territorio, protegiendo también los valores culturales que les han permitido crecer como nación y procurando estimular la fidelidad a sus principios éticos y morales.

La promocionada igualdad de géneros con sus ramificaciones hacia el matrimonio entre parejas homosexuales; el aborto; la eutanasia; el libre desarrollo de la personalidad; el hacer sujetos de derechos a los animales y a los ecosistemas equiparándolos a personas; constituyen desafíos éticos y culturales que al recibir apoyos sistemáticos de los grandes medios de comunicación, poco a poco  van permeando la conciencia colectiva especialmente entre la población más joven, elementos que constituyen signos inequívocos de la globalización política y cultural.

En tales circunstancias, pareciera que la dinámica evolutiva de la humanidad se moverá hacia tales esquemas políticos, económicos y culturales, escenario en el cual los países del tercer mundo serían las principales víctimas. La pandemia del coronavirus con sus letales consecuencias ya bien conocidas nos viene mostrando esa tendencia.

Desde luego tal escenario del nuevo orden mundial tendrá repercusiones inevitables en la geopolítica actual, donde las principales potencias como China y Rusia, buscarán obtener beneficios estratégicos para afianzar su pretensión de desplazar a los Estados Unidos del lugar preponderante que lo ha llevado a ser considerado como el gran imperio.