Diario del Huila

El poder de la palabra escrita

Dic 8, 2023

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Una diosa con el poder del olvido, de Fermín Beltrán Barragán, el libro más vendido en la Feria Internacional del Libro Filvorágine

DIARIO DEL HUILA, CULTURA

Por: Ana Patricia Collazos

Durante la pasada FIlvorágine, una de las novedades literarias fue el libro del huilense Fermín Beltrán Barragán titulado Una Diosa con el poder del Olvido. Un excelente conversatorio moderado por el escritor Eduardo Tovar, ante un público que lleno la sala de lectura Alicia de la Feria, mostró las distintas facetas del proceso creativo y editorial del libro, lo que motivo que al final, se formaran filas al frente de la mesa colocada para la firma del autor en los libros comprados. Al final, casi un centenar de libro salieron con nuevos lectores de la opera prima del escritor que presenta una serie de cuentos donde su origen rural y su imaginario sorprendente han cautivado esta publicación de la editorial regional Tierra de Palabras.

  En esta entrevista con el escritor conoceremos más sobre este gran escritor.

¿Cómo fue su infancia y cómo contribuye el contexto rural a su formación como escritor? 

Nací en una finca, en Santa María Huila, en plena cordillera central. En esos tiempos los niños campesinos nacíamos en las fincas. La vida era recia, pero mágica. Mis primeros años y gran parte de mi juventud la viví en el campo.  La vida campesina era un universo extraordinario, los relatos abundaban y casi todos los campesinos que conocí en esos tiempos eran cuenteros. Había historias reales, pero mucha fantasía, mitos, leyendas y fantasmas. Todo esto combinado con una fuerte presencia religiosa. Se convivía con los seres de otros mundos, el diablo, las brujas, los ángeles estaban por todas partes. No teníamos luz eléctrica, por lo que entrada la noche íbamos al patio a escuchar historias y si había luna, hasta veíamos los cazadores caminar en ella. De tal manera que, apenas aprendí a leer, empecé a escribir poesías, relatos, quise contar historias. Pienso que el escritor no escribe solo, son los seres invisibles que están en todas partes los que ayudan a construir y el campo está lleno de esos seres. En definitiva, el contexto rural fue determinante en mi formación como escritor, a pesar de mi meta no era publicar nunca dejé de escribir y había muchas ocasiones que borraba lo escrito y volvía a empezar. 

¿Hace cuanto que escribe cuentos? 

Empecé desde niño a escribir poesía, los cuentos vinieron después, en la juventud. De ahí en adelante fui cazando historias y dándoles ficción, deformando y creando personajes. Los escritores nunca se desprenden de su propia realidad, escriben a partir de su experiencia y su memoria.

¿Por qué es importante la memoria? 

Porque lo que no se recuerda simplemente no existe. Hay una relación entre la conciencia y la memoria, cuando uno se duerme hace una pausa, despierta y han pasado horas y no sabe qué ocurrió durante ese tiempo porque no hubo memoria. Pero yo reivindico el olvido, la memoria tiene fuerza, pero el olvido es arrasador. El olvido es un poder que rompe la conciencia.  Lo que se olvida no existe, no causa emoción. La diosa del olvido tiene el poder de hacer desaparecer. A todos nos ocurre que hay situaciones, personajes, hechos que no recordamos y que por alguna razón alguien o algo les da presencia, en ese instante aflora la memoria y puede surgir el dolor, el miedo y la tristeza. 

─ ¿Qué libros han marcado su vida? 

Muchos. El primero fue una edición ilustrada de las FÁBULAS DE ESOPO, el cual se convirtió en la base de mi imaginación, la fábula da voz a los que no tienen voz y los pone a dialogar en múltiples circunstancias. Estudié por radio algunos años de mi bachillerato y los fascículos de literatura eran extraordinarios, me llevaron a leer LOS RÍOS PROFUNDOS, de José María Arguedas, un excelente narrador del Perú. LA ILIADA de Homero, siempre ha estado conmigo, LA VORAGÍNE me acompaña; CIEN AÑOS DE SOLEDAD es una maravilla y algunas obras de Dostoyevski, como CRIMEN Y CASTIGO y EL JUGADOR.  PEDRO PÁRAMO, me lleva en sus constantes viajes. Realmente son muchos autores los que me acechan, entre los de hoy Rosa Montero y Vargas Llosa, son realmente buenos. 

─ ¿Para qué escribe? 

Escribo para mantenerme al filo entre la memoria y el olvido. Especialmente para recordar. Para reivindicar a los seres invisibles que están en todas partes. Me han enseñado tanto, me han contado tanto. Escribo para que todo lo que hay dentro de mí se pueda expresar y compartir. A veces releo mis escritos y pienso que no son escritos míos, a veces ni recuerdo que fui el autor. Es increíble, las letras nos hacen permanecer un poco más allá de nuestras temporalidades.  

─ ¿Ahora que se ha leído en un libro impreso cómo se siente? 

Siento la profunda emoción de haberme atrevido a exponer el alma. Los lectores me escriben y me dicen cosas que ni siquiera yo había pensado. Lo escrito, escrito está.  A veces me dicen que al cuento le faltó relatar algún suceso. Yo les digo es ficción, pero ellos lo llevan a la realidad como si fuera una historia. Todo eso es emocionante. El lector participa y por fortuna he tenido muchos lectores y eso me ha dado un importante crecimiento. 

Este es uno de los cuentos que podemos encontrar en este libro publicado por Editorial Tierra de palabras.

Pacho Ríos, el Vendedor de Perros.

Detrás de una mata de monte, en un rancho de bahareque blanqueado con cal, vivía un hombre solo. Tendría sesenta años. Todas las mañanas llenaba un tazón de tinto, le subía el volumen a la radio y miraba para la carretera, que estaba pegada a las aguas de un río bermejo. Doce perros lo acompañaban, todos pequeños y flacos, lo lamían, lo seguían a donde fuera, dormían con él y lo despertaban con mordiscos en los pies y lamidos en la boca. Era una sinfonía de amor, de un amor profundo que los fundía en un ser distinto. Cuando el hombre caminaba, todos caminaban con él y parecía que tuviera muchos pies; el amor construye siluetas, cuerpos distintos, un ventarrón que se impone en los lugares anchos, en los senderos estrechos.

Pacho Ríos era un andariego. Luego del tinto de la mañana, empezaba a caminar y volvía al anochecer. “Allá viene don Pacho, amarren los perros”, decían y don Pacho llegaba con todos sus animales. “Buenos días, ahí les traigo unas crías, a ver cuál me compran”. El negocio empezaba a las siete de la mañana, cada perro era revisado: “el manchado se ve enfermo, ese no”, “me gusta el negro”. El hombre amarraba del pescuezo al escogido, lo acariciaba largo rato, decía que era el mejor, que su madre era una ejemplar muy sana y brava, cuando ella estaba nadie se metía a la finca, tenía buena mordida. “Este perro vale mil pesos, sí señor, mil pesos”.

El Padre callaba, pensaba, calculaba, iba al potrero y volvía mientras el hombre esperaba “Le doy quinientos pesos”. Nuevamente el estirado silencio, misterioso, nuevamente las caricias y hasta una lágrima. El hombre ya no volvería a ver a “Negro”.  “Se lo dejo en novecientos, ni uno menos”. El círculo seguía y la noche comenzaba a atrapar el tiempo. “Setecientos pesos”, “bueno, ochocientos”, “setecientos cuarenta”, “no, setecientos cincuenta”. Los dos hombres se miraban, se quedaban quietos, se observaban como se observan los gallos de pelea “Usted es muy duro don Pacho, vuelva otro día”; “otro día vuelvo, me cogió la noche”. Y el hombre se iba como una sola sombra, con sus doce perros.

Todos nos asomábamos hasta escuchar el último ladrido. El Padre estaba imponente: “ese lo deja más barato, no tiene pa´la carne”, decía. Aunque nosotros tampoco pensó Juan Marcos. No era la primera vez que veía a Pacho Ríos. Desde que se acordaba, todos los sábados venía con los mismos perros, los revisaban uno a uno y siempre escogían el negro y empezaban por mil pesos, pero nunca cerraban el negocio. Pacho no que quería vender; de hecho, todos los vecinos cuentan que jamás había vendido uno de sus perros. Si le ofrecen lo que pide les dice “…mejor no, ¿me quiere tumbar?, ese perro vale dos mil pesos”. Y de inmediato se va.

Juan Marcosentendió, medio siglo después, que esos rituales eran solo una cura para la soledad, que los dos hombres solo querían conversar, jugar con las palabras. Ninguno quería comprar, ninguno quería vender. Para ellos era un ritual amarrar y desamarrar a “Negro”. Pacho Ríos regresaba a su casa, a pies ligeros, contaba uno a uno sus animales y se acostaba a dormir con ellos. Al otro día estaría de pie, abriría el cuaderno y revisaría con dificultad a qué vecino visitaría. Volvería a vender a Manchas o a Negro, o tal vez a Mona, el comería y sus perros también.

Pacho Ríos murió en Jueves Santo y sus perros lloraron su ausencia, sus aullidos bajaron con el guando hasta la iglesia y luego al cementerio. Al lado de la tumba se ven los perros en las noches escarbando el pasto. Son doce sombras que buscan los pies del compañero. Nunca lo encuentran porque Pacho Ríos está durmiendo para salir temprano, ya que “tiene perros para vender”, y los compradores esperan con los ojos abiertos.

Juan Marcosde ningún modo dio por muerto a Pacho Ríos, lo alcanzaba a oír hucheando los perros por las noches cuando no había luna, por el lado de arriba, en el otro filo, en el bosque de abajo; le contó a sus hermanos y estos no le creyeron. Hasta una noche que lo vieron pasar, demasiado viejo, cansado, entristecido, llamando, buscando a sus amigos, mientras sus amigos aullaban al pie de una cruz, al otro lado del pueblo. Juan Marcos pensó que el amor a veces no se encuentra, los amantes se pierden en las trampas del camino, pero en esencia son una sola sombra, un solo ser, un ventarrón sin tiempo.

FERMÍN BELTRÁN BARRAGÁN

Nació en Santa María, Huila, al sur de Colombia. Creció entre las montañas andinas y la vida campesina, lo que le permitió conectarse con la naturaleza y el Cosmos. Desde pequeño ha tenido alta pasión por la escritura de poemas, relatos y cuentos. Los libros han sido sus compañeros permanentes en todas las acciones su vida.

Es abogado de la Universidad Nacional de Colombia, con un largo desempeño en la vida pública, dirigiendo asuntos educativos y de formación profesional.  Ha sido profesor universitario y columnista.

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