Por: Rafael De Brigard, Pbro

Cuentan los Evangelios que después de realizar la multiplicación de los panes, la gente quería llevarse a Jesús para convertirlo en rey. Y, dicen también, él huyó hacia la montaña para evitar semejante exaltación terrena que era lo que menos deseaba. Más adelante Jesús les jala las orejas a sus seguidores porque les interesaba estar con el estómago lleno, pero no veían más allá de eso. Querían a alguien con poder y poder de esa naturaleza. Seguramente Jesús se escabulló porque tampoco quería que se estableciera con él una relación de esta forma, es decir, en la cual los súbditos prácticamente se entregan ciegamente al que tiene ese tipo de poder y que viene siendo como una especie de renuncia a su propia voluntad para que prime la voluntad del poderoso.

Pero Jesús es Jesús y pocos se parecen a él. Su poder en realidad es servicio y a costa de su vida, no a costa de la vida de los demás. De vez en cuando aparece gente con sentimientos más o menos parecidos. Pero lo usual es prácticamente lo contrario. Poder y mando para someter, para explotar, para segregar, para quitar lo que no es de uno, para exaltar el ego, para ostentar, para ejercer la violencia en sus diversas formas. Y otra característica que siempre ha rodeado los círculos del poder como amenaza muy seductora es el narcisismo furioso y vengativo. Esto último se traduce en personalidades que no admiten cuestionamientos y que son capaces de cualquier cosa para acallar voces contrarias o diferentes. En gran medida, en nuestro país y en buena parte del mundo, la lucha por el poder se ha vuelto una obsesión personal de algunos y algunas y cada vez se utilizan métodos más violentos para lograr escalar a lo más alto.

Quizás hay épocas y situaciones que favorecen el avance y la inclinación de los pueblos a validar a quienes simplemente los van arruinar porque solo les interesa el poder por el poder y en realidad nada les interesa la suerte de los demás. Son las épocas en que asoma el caos, la desorientación general, momentos en que el norte se ha perdido y cualquier tabla de salvación, aunque esté llena de duros clavos, es recibida como bendición del cielo. Tiempos en que prima el miedo más que la razón y también tiempos en que las mayorías son más propensas a encerrarse en la oscuridad de las trincheras que a luchar por su verdadera libertad y dignidad.

Todos estamos hoy urgidos de abrir bien los ojos para el futuro que se acerca. Todo parece combinarse para actuar en forma irracional y negarse a ver la realidad en su complejidad y en el esfuerzo que nos está pidiendo para seguir viviendo en un mundo verdaderamente humano. Pese a todo hay que calmarse, pensar las cosas muy serenamente, usar la razón a fondo, pedir luces al Espíritu Santo y en todos los campos de la vida actual -salud, política, economía, educación, familia- tomar decisiones que sean constructivas para todos y protectoras del conglomerado social. A todas estas no hay personas sin poder. Todos podemos algo. Por ejemplo, hacer de la vida de cada uno y de los demás un proyecto con sentido y generoso en el cual primen la razón y el amor. O podemos cerrar los ojos e ir al precipicio.