Catalina Rojano

Conozco su dolor y sufrimiento, ha habido una elección que nos han robado, fue una elección ganada con diferencia, y todos lo saben…”, les dijo a los miles de partidarios de su gobierno que invadieron el Capitolio de Washington en un intento fingido de que abandonaran el que hasta el pasado miércoles se creyó un edificio custodiado hasta los dientes ante cualquier tipo de amenaza. Con una insistencia macabra en la supuesta conspiración en su contra, el 45° presidente de los Estados Unidos le habló a la turba enarbolada y supo entonces cómo desatar aún más la barbarie en pleno templo de la democracia estadounidense. Y ese fue el día en que la derrota, sin atisbos, finalmente lo abrazó.

La entidad más real. Así define Platón a la ‘idea’, proclamándola como causa y principio de todo lo que existe. Y fue a partir de una idea como nació el gobierno de Donald Trump, un hombre que, muy lejos del yo ideal, construyó una cultura completa de subversión ante la ley y ante todo lo que no fuera producto de sí mismo. Un narcisista, creído, pedante, ególatra, egocéntrico, entre tantos otros sinónimos que pueda haber de aquello que no le hace bien a nadie… todo eso es el que no fue más que un presidente egoísta.

Y fue tal como una peste que se esparció su idea. “Las culturas son parásitos mentales que surgen accidentalmente, y a continuación se aprovechan de todas las personas a las que han infectado”, plantea Yuval Harari para explicar cómo una idea cultural puede impulsar a un humano a dedicar su vida a extender dicha idea, “incluso al precio de la muerte”. Lo más lamentable de esto es que, en casos como el de Trump, aunque el humano muere, la idea permanece y continúa su peligrosa expansión.

La defunción del mandato de Donald Trump no se dará el 20 de enero, como se suponía, cuando Joe Biden empuñe las riendas de los Estados Unidos durante la toma de posesión. Esa muerte se dio varios días antes, el 6 de enero, fecha que no solo quedará impresa en las portadas de los diarios más importantes del mundo, sino también en la memoria universal como el día en que la democracia de la mal llamada “América” fue manoseada, maltratada y, por no decir algo peor, burlada.

La egolatría es casi lo mismo que una enfermedad infecciosa. Y Trump, un nacionalsocialista no menos petulante que Adolfo Hitler, asumió el cargo de presidente más para alimentar su ego que para fortalecer y hacer a Estados Unidos “grande otra vez”. El nacionalsocialismo implica la desaparición de la democracia, de la noción de ciudadanía y de la constitución, y busca dividir el género humano en personas y ‘no personas’; de manera que todos terminen creyendo que hay quienes son más que otros, mientras la parte más irracional de la mente humana es la que lleva el timón de un barco sin hoja de ruta.

Tal como Narciso, Donald Trump se obnubiló con el reflejo de su propia imagen, y ¿quién puede gobernar viéndose solo a sí mismo? El 7 de enero, las declaraciones de un Trump tan derrotado como hipócrita reafirmaron su egoísmo: “Los que se infiltraron en el Capitolio han profanado la sede de la democracia americana. A los que participaron en actos de violencia: no representan a nuestro país. A los que rompieron la ley: lo pagarán”.