Por: Alba Diela Calderón Parra

El voluntariado colombiano tiene una larga tradición de servicio y compromiso comunitario. Las raíces más antiguas vienen de la cultura indígena con sus costumbres de ayuda mutua; prácticas como la minga, la “mano prestada”, las colectas, las acciones comunitarias, son formas de ayuda para resolver necesidades. Se transforman a través de la conquista y la colonia en manifestaciones de apoyo al más débil por razones de tipo religioso principalmente.

Los hospitales, los sitios de acogida para los niños y ancianos abandonados, tienen su origen en personas que sintieron como propia la necesidad del otro y le prestaron ayuda.

Durante la segunda mitad del siglo XX ocurrieron profundas transformaciones en las manifestaciones de solidaridad: surgió y se fortaleció la acción comunal, la mujer superó los límites del hogar para irrumpir en la creación de instituciones de servicio, más  tarde de desarrollo, ingresó masivamente al mundo universitario y laboral; a raíz de la transformación política del mundo y la ruptura de barreras económicas y de comunicación, los países fueron clasificados en categorías y se planteó el concepto de tercer mundo, desarrollo y subdesarrollo relacionado con la producción, la industrialización y la tecnología.

Hasta ese tiempo el voluntariado se había distinguido por su carácter de beneficencia, sin ocuparse de las características de la sociedad ni de los cambios necesarios para que estas fuesen más justas y equitativas; de ahí la imagen que se percibía del voluntariado como  gestos aislados, buena voluntad, generosidad, altruismo.

La última década del Siglo XX, transformó en Colombia el panorama de las instituciones de servicio sin ánimo de lucro: la   Constitución Política de  1991 establece, que Colombia es un Estado Social de Derecho fundado entre otros principios,  en el de la Solidaridad de las Personas ;  promueve el deber ciudadano de  obrar conforme al principio de Solidaridad Social; garantiza  el derecho de libre asociación; se compromete a contribuir en la organización, promoción y capacitación de las asociaciones, profesionales, cívicas, sindicales, comunitarias,  juveniles, benéficas o de utilidad común no gubernamentales y, finalmente , crea mecanismos de participación ciudadana  ofreciendo  nuevas oportunidades a la ciudadanía para ser protagonistas y constructores del tejido social.

Actualmente el voluntariado, como grupo de personas conscientes ubicadas en una realidad socioeconómica específica, vinculadas a un determinado grupo o sector social, no ha sido ajeno a los cambios y a la situación del país: conformó instituciones privadas sin ánimo de lucro, nacidas para atender carencias, problemas humanos y sociales en la dinámica social que juega un papel de subsidiariedad y/o complementariedad respecto al Estado. Tiene ante sí el gran reto de sostenerse mediante contribuciones de la comunidad, la Responsabilidad Social Empresarial y apoyos del Gobierno, para lo cual debió aprender a administrar sus recursos, adoptar tecnologías y contratar profesionales para mejorar su eficiencia y eficacia.

Este nuevo enfoque del voluntariado se orienta hacia una acción de la sociedad que promueve   una política de bienestar social, donde los deberes y los derechos de la persona sean respetados; de la promoción humana comunitaria, de la organización de las bases, de asesoría y acompañamiento, propiciando cambios en su forma de pensar y de actuar.  El voluntariado cuenta con metodologías propias para abordar las problemáticas de la comunidad y para intervenirlas.

La persona y los grupos que se encuentran en situación de marginalidad o necesidad particular participan en la solución de los problemas, son protagonistas de su propio desarrollo. El voluntariado desecha el asistencialismo por dañino e insano para la dignidad del ser humano, igual que las actitudes paternalistas, sin confundir con las ayudas de emergencia que son necesarias en determinadas circunstancias.