María Elisa Uribe

* Presidente Corporación Pensamiento Siglo XXI

Uribemariaelisa@gmail.com

Crear la cultura de reciclaje en casa no es tan fácil como parece, a pesar de la conciencia que suele despertar toda acción amigable con el medio ambiente. Logrado su acopio, viene a ser aún más difícil encontrar canales seguros para entregar el material, residuo o excedente reutilizable, detalladamente almacenado, al menos en Bogotá y en el país en general, no obstante ciertos esfuerzos del gobierno local y nacional, de recicladores y asociaciones o fundaciones e iniciativas ciudadanas.

La meta en reciclaje o mejor aún de economía circular, en su sentido más amplio, parece lejana y poco ambiciosa. Existe la intención en el plan de desarrollo del presidente Duque, en la Estrategia Nacional de gestión de residuos sólidos (Conpes 3874 de 2016) y en el marco de compromisos con la OCDE, pero no se ve como una obstinación que se irradie como parte de nuestros cambios de hábitos y cultura, como una política constante en hogares, empresas, oficinas, fábricas, colegios, con caminos expeditos. Y hay que repetirlo: se inicia el proceso pero llegar al final de la cadena, con eslabones que lo hagan efectivo, es engorroso y a veces desilusionante.

Por todos es conocida la meritoria labor que realizan los recicladores en Bogotá, algunos organizados, otros no tanto. Y al menos para entregar el material que mejor les pagan como las botellas de plástico o las cajas grandes de cartón o el papel bond, la cosa funciona. La pregunta es: ¿qué pasa con el resto de material?

Hay fundaciones que operan muy bien y suelen ser bastante efectivas cuando se especializa en algún renglón, como pueden ser, entre otras muchas, la Fundación Botellas de amor, que crea el hábito de compactar plásticos en botellas para reutilizarlo para construcción; Sanar que recoge las tapas de plástico; Carulla con sus dispensadores de acopio, el Centro Comercial Palatino, la Fundación Con Vida y las canecas de reciclaje de pilas, que son una pequeña muestra.

No obstante sale una cantidad de excedentes que pueden ser recuperables por parte de las mismas empresas y que no es recibido. El más claro ejemplo es el icopor. También están las cajas de leche, cajas de medicinas, tapas de lata, cables, maderas, cartones del papel higiénico, cajas portacomidas (que pueden cortarse), y no se reciben como material útil. La opción, muchas veces ante el primer no, es dejarlas en los contenedores de basura de Bogotá, que frecuentemente están arrebatados, con la esperanza de su uso por parte del Distrito o de los recicladores.   

En Bogotá también se hace fuerte propaganda por el uso de la bolsa blanca para diferenciar los residuos y en otros espacios se habla de la bolsa roja, verde. No obstante, a la hora de la verdad, resulta triste ir detrás de un carro recolector de basura, que lo revuelve todo.

La invitación es a emprender de verdad un sistema que facilite y anime al reciclaje como un objetivo de distinción nacional o regional. No puede quedarse en unas campañas. Menos en unas tareas de colegio que pasada la exigencia no crea el hábito. Hay esfuerzos pero pocos son los canales.