Los resultados de las encuestas muestran en Colombia, a menos de ocho meses de las elecciones, que la mitad del electorado no tiene opción presidencial y que la proliferación de candidatos dispersa las preferencias, dificultando la formulación de propuestas sustentables.

Hasta ahora prevalecen las altisonancias de los extremos, evidenciándose que quien lleva la delantera es quien más imagen desfavorable genera. Las denominadas posturas de centro se anulan entre sí, dando paso al debate sobre si en materia de definiciones electorales aquel sector existe, pues más parece una falacia, en la medida en que ubicarse en el medio no es rentable, representando una postura relativa, que depende más de la posición de quien opina.

Varios fenómenos concurren para generar el ambiente de opinión política actual. Entre ellos la desintegración de los partidos, los efectos socioeconómicos de la pandemia y la agudización de la inequidad, la no asimilación consensuada por la sociedad del acuerdo de paz y su fallida implementación, la polarización ideológica que renta en favor de los extremos, la delincuencia citadina y el desgaste ciudadano frente al espectáculo de las peleas encarnizadas en las redes sociales.

Todo esto supone una ausencia de liderazgo político. La falencia de diálogo social y las manifestaciones de inconformismo que quedaron en modo pausa, hacen pensar en la necesidad de cambiar el rumbo, para prevenir que el debate electoral termine siendo una carrera de todos contra el primero, sin tener en cuenta condiciones, experiencia y programa para consolidar un proyecto nacional capaz de convocar a los sectores de la sociedad.

Las elecciones presidenciales no pueden ser un torneo de pequeñas causas que se suman indiscriminadamente para filtrar al vencedor, pues hoy más que nunca se requiere consolidar un poder ejecutivo con amplia capacidad de generar consensos.

Al no tener un régimen parlamentario que permita identificar tendencias políticas predominantes y organizadas que arman gobierno, como está ocurriendo en Alemania, es alto el riesgo de improvisar y de armar coaliciones de último momento. No conviene repetir el escenario de Perú, aun cuando todo muestra que la ruta recorrida es la misma.

Quizá es hora de pensar que los aspirantes de hoy deben abrir la puerta a la articulación programática y ceder en aspiraciones. Quizá sea el momento de pensar si están todos los que son, o falta llamar nombres que tengan mayor capacidad de convocatoria. Quizá se requiera reformular el liderazgo político, en un país sumido en confrontaciones que le quitan energía para construir consensos de reforma social y económica.

Es hora de pensar con grandeza. Es el momento de llamar a causas ideológicas y de abrir debates sobre el modelo nacional de la próxima década, en lo que hasta ahora el Paco Histórico tiene la delantera y provoca mayor interés de la ciudadanía, sea para apoyarlo o para confrontarlo, pero sin claridad de alternativas, pues la denominada izquierda se posicionó en la promoción de tesis de equidad e inclusión que no son de su exclusividad.

El canto de sirenas lo representa hoy la aspiración del “centro”. Y si el centro político no existe, y si de lo que se trata es de posicionar modelos de país que convoquen un sueño posible, entonces es momento de reformular las estrategias y generar capacidades de diálogo, convocatoria y construcción colectiva.

En dos meses conocerá el país si las listas al Congreso son más de lo mismo o hay opciones de cambio. Ese paso es fundamental y del mismo podrá anticiparse lo que se espera para el debate presidencial.

Por ahora, se buscan candidaturas con capacidad de liderazgo y concertación. ¿Quién da más?