Por el P. Toño Parra Segura.

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Esta tercera semana del adviento, se inicia en la liturgia con la palabra “Alegraos”, como preludio del gozo espiritual de nuestra salvación.

Desde el 8 de diciembre se prendieron las luces de la esperanza y comenzaron las dulces melodías cargadas de alabanza y paz. Ojalá que esos acentos tradicionales no queden ahogados en las carcajadas roncas de “Papá Noel”, ni con los insinuantes ritmos satánicos de ciertos canales de la televisión. Los signos de los tiempos de que nos hablara el Concilio y también el Evangelio, van mezclados con los signos de la postmodernidad que prostituye, a veces, las cosas más santas.

Conducir por las calles de Neiva, o en el centro de Toronto, o de cualquier capital del mundo, es como tomar un diccionario en el que todas las palabras quieren llamar la atención, con todo tipo de tamaños y colores, de gestos y de ruidos.

Las palabras nos gritan: “Cómeme, bébeme, cómprame, alquílame, mírame, escápate” y otras más insinuantes. No podemos avanzar por ningún camino sin quedar enredados en esa maraña de imágenes y gritos que se lanzan con violencia a nuestra mente.

Queremos realmente que nuestra mente se convierta en un contenedor de basura del mundo?. Permitimos que otros decidan lo que tenemos que pensar y sentir? La respuesta es “¡NO!”.

Absurdo sería folclorizar, instrumentalizar y comercializar ideológicamente a Jesús Niño, a la Virgen María o a San José. No se puede convertir la esperanza cristiana en pura expectación humana y la liberación que vino a traernos Jesús con la manipulación del comercio.

Triste sería alegrarse o celebrar la fiesta, sin saber por qué se está contento y quién es el personaje que viene a transformar el destino del hombre.

Este desconcierto existía también en tiempo de Jesús: “¿Era Él el Mesías o debían esperar a otro?”, fue la pregunta que los discípulos de Juan, enviados por este desde la cárcel, le hicieron a Jesús. No es posible que Juan el precursor, el que lo había detectado como “El Cordero que quita el pecado del mundo” padeciera esa incertidumbre.

Lo hizo para que los discípulos oyeran de viva voz y fueran testigos de los signos que realizaba Jesús.

Parece que hoy muchos esperan un Mesías politiquero y lleno de promesas materiales: que hiciera por milagro la paz, que acabara con la miseria, que trajera en la chaqueta roja de Papá Noel una bolsa de empleos y pomadas mágicas para sanar todas las enfermedades.

La credibilidad de que Cristo viene como liberador y que no ha olvidado a su pueblo está en nuestras manos, expresando signos de solidaridad, de servicio y de entrega a los más pobres y necesitados, en los cuales Él se sigue encarnando como en el seno humilde se María.

Cuando los otros vean porque nosotros somos luz, cuando los cojos caminen porque nos ven por el camino recto, cuando los sordos oigan porque les enseñamos la Palabra divina y cuando los corruptos se sanen por nuestra honradez, entonces, ya nadie dudará de que el Cristo que predicó Juan es el Mesías, que nos promete la alegría serena en un nacimiento permanente de gracia y de perdón.

Hagamos la “tregua navideña”, sin lujos, sin gastos inútiles, sin mezclas raras de paganismo y de fe. No seamos “cañas sacudidas por el viento” del orgullo, de la vanagloria, de la prepotencia que es lo más ajeno a la navidad. Recordemos la última frase del Evangelio: “el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que Juan”.