Lo cotidiano como una forma de ser de la vida y de las cosas, está rodeado de tantas eventualidades en ese suceder repetitivo de todos los días que se traduce en esa forma de enquistarnos en quehaceres o caprichos que cada quien va construyendo, tienen múltiples formas, múltiples expresiones y son interpretadas de tan disímiles maneras, que siempre generarán un reproche o serán bienvenidos con los frutos que da la vida, pero hay un elemento intimista que nos acompaña siempre como lo es la soledad.

Allá, en el fondo de cada uno de los seres humanos, se percibe una musicalidad que refresca la espiritualidad del alma, con la que se va generando un entorno: es la frescura de esa satisfacción o la dureza de la exigencia del dolor, cuando no se alcanzan las metas o cuando los procesos creativos tienen las dificultades propias de toda subsunción del ser en los sueños o las esperanzas.

La vida entonces está regida por esa amalgama de sensaciones que se transportan y se van diluyendo o consolidando en cada uno de nosotros, somos esencia y somos vocación posesiva o destructiva, según los propósitos con los que cada día, a cada instante, entendamos nuestro compromiso con nosotros mismos y a su vez, con los otros, con aquellos que pueden participar de nuestros proyectos, de nuestros ideales o de nuestro anhelo de tenerlos junto a nuestro lado.

Siempre he sido amigo de pregonar el misterio de la soledad, como ese generador intimista de reconocimiento con uno mismo, en medio de todos o en el campo abierto, o en el ejercicio permanente y consuetudinario que todos tenemos en la vida.

Las largas caminatas al caer la tarde, el ejercicio necesario que parte de lo cotidiano y de ese volver a sentir la sensación de libertad cuando el viento golpea nuestro rostro y la brisa nos impulsa en el camino de la vida, hacen parte de ese fluir permanente de palabras lanzadas al aire o de construcciones en el imaginario que cada uno de nosotros, puede o debe saber abrevar para edificar nuestro propio ser, para compartir nuestro propio espacio o para dejar un camino con huellas que esperamos sean observadas por otros cuando empiecen a sentir las sensaciones de la felicidad que tanto hemos buscado…

Hace días me entrego a ese menester intimista de la soledad que va más allá de la ausencia del otro, de la soledad que idea y que poco a poco, crea, genera o permite hilvanar frases que después se plasman en un escrito, o que se callan para siempre en el libro secreto de nuestras aspiraciones, de nuestros desengaños o de nuestras ilusiones.

Es menester volver los ojos a un cotidiano como factor constructivo, volver los ojos para que ese mundo de lo consuetudinario no nos absorba, no nos devore y por el contrario, nuestra vitalidad y nuestro ejercicio hacia la sanación de los errores o de los peligros que nos brinda la vida, sean parte que podamos erradicar o saber llevar frente a la maledicencia o la avaricia de quienes nos rodean, en la destrucción o en el ejercicio malvado de acabar con el otro, como sucede y se repite y se reitera todos los días en una sociedad que perdió el rumbo y la valoración del otro y de los otros, en la ideación permanente de las divinidades que rigen nuestro destino.