Por: Froilán Casas

Llevamos más de doscientos años de vida republicana, ¿y los resultados? Por favor, ¿qué obtuvimos con habernos liberado del yugo español?; ¿no será que cambiamos de amo? ¡Cuidado! No hay peor verdugo que aquel que ha sido esclavo. ¿Qué es un Estado eficiente en términos modernos? El que tiene un sistema de gobierno que respetando las libertades individuales haga prevalecer el Bien Común. La síntesis de un Estado eficiente la tiene nuestro escudo nacional, LIBERTAD Y ORDEN. -¡Lástima que se haya quedado en letra muerta!-.  Hemos entendido muy mal la democracia, todo es libertad, libre desarrollo de la persona, aunque se masacre el Bien Común. ¡Qué caricatura de libertad! Aquí parece un salvaje Oeste: sálvese el que pueda predominando la ley del más fuerte. Si alguien tiene el coraje y la capacidad de poner orden, entonces es llamado fascista. Infortunadamente, por habernos dejado robar el discurso de la justicia social de la autollamada izquierda, el colectivo cultural quiere un cambio, un gobierno de izquierda. ¡Cuidado! Por combatir un mal real, podemos caer en un mal mayor. No olvide amigo lector que la izquierda cuando llega al poder se vuelve tiranía. Por favor, no tiene que ir muy lejos: veamos al vecino. ¡Pobre Venezuela! ¿Cuándo llegará un gobierno democrático? ¡Qué ironía! Un país tan rico y ¡tan pobre! La experiencia nos muestra que el Estado, -en nuestro medio- ha resultado ineficiente. En general, con algunas excepciones, las empresas gerenciadas por el Estado resultan inoperantes, cargadas de burocracia, paquidérmicas y totalmente ineficientes. Mientras el funcionario no entienda que la razón de ser de su cargo es el que llega, nunca será un funcionario honesto y productivo. Señor funcionario, por favor entienda que sin los impuestos que paga el que se acerca a pedir un servicio, usted no tendría la mensualidad que recibe. Muchos funcionarios se apoltronan en los cargos, resultan inamovibles y se van llenando de mañas que torpedean los procesos administrativos; no hay poder humano que los cambie. Mientras tano los ciudadanos que pagamos impuestos nos tenemos que aguantar al asqueroso empleado que le saca pelos hasta a las botellas. Para ellos, administrar es complicar. ¿Cuándo se acabará es maldita costumbre? Se elabora un Código Disciplinario Único y, todo se queda en letra muerta. Mientras el cargo sea cuota de un líder político, el funcionario no cambiará por nada del mundo. Muchas empresas del Estado deberían ser administradas por el sector privado. El Estado debe controlar y dejar que la empresa privada logre los resultados buscando el Bien Común. La práctica nos muestra que la empresa privada es mucho más eficiente. El Estado colombiano está atiborrado de funcionarios; los presupuestos, con frecuencia, se van más en funcionamiento que en inversión. A muchos ordenadores de gasto les interesa más “cumplir” con cuotas politiqueras que en lograr los resultados en bien de todos los ciudadanos. No aparece en la mentalidad de muchos colombianos que nos gobierna una mentalidad que busque optimizar los recursos priorizando en el Plan de Desarrolla las necesidades más apremiantes. El maldito clientelismo ha fosilizado a las empresas del Estado. Un Estado paternalista nunca generará una cultura de trabajo, produce una cultura de dependencia.