Por: Fernando Bermúdez Ardila

Nuestro derecho.

 

Desde los inicios de la humanidad el individuo ha tributado a los más fuertes para que le protejan su vida y sus bienes.

Avanzando ya hacia la edad media los señores les arrendaban sus tierras a los colonos, y sus siervos trabajaban sin remuneración alguna para ellos, pero si los colonos no pagaban sus tributos o los siervos no daban el rendimiento suficiente eran expulsados; sus cultivos y casas incendiadas sin ninguna consideración.

En nuestros tiempos las cosas no han cambiado mucho, si no pagas tus impuestos, el estado te quita los bienes y te expulsa de ellos, con la misma consideración de los tiempos pasados, la misma historia con diferentes actores.

Todos los países obviamente deben vivir de los impuestos, pero el principio universal es la defensa de la vida, honra y bienes del individuo. Además de construir infraestructura, prestar un adecuado servicio de salud, educación y recreación.

Los bienes como lo dije anteriormente, son efímeros, vienen y van, pasan de mano en mano.

La honra en estos tiempos donde mancillarla es tan fácil, máxime por los medios de comunicación y las redes sociales, que después de manchada es muy difícil limpiar. Es como tratar de colocarle las plumas a una gallina que fue desplumada, otra razón es que la palabra honorable se les otorga a personas que tienen muy poco de ello.

Pero la vida, es la única que puede ser gobernada y decidida por el individuo.

Una cosa es que el hombre como individuo tenga unas obligaciones con la sociedad y otra muy diferente que la sociedad o los administradores del estado “gobierno” quiera inmiscuirse en que debe hacer con su cuerpo y su vida.

La pobreza intelectual y de raciocinio de nuestros legisladores que aún están sumidos en el oscurantismo de la edad Media. Demostrando que sus taras son superiores a los momentos y los tiempos modernos que exigen que la sociedad se abra al pensamiento de avanzada que requiere, como el libre desarrollo de la personalidad.

La declaración universal de los derechos del hombre, declarada y proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en París, el 10 de diciembre de 1948 como la declaración universal de los derechos humanos (DUDH), traducida a todos los idiomas y que rige hoy en todas las naciones del mundo, en ella, en el artículo 12 reza textualmente “Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques”.

Así las cosas, no es el estado, ni el gobierno quién debe decidir sobre cómo un individuo desea gobernar su vida y que quiere o como terminarla.