Amadeo González Triviño

La forma como el gobierno nacional propicia un caos social en medio de una pandemia y la ausencia total de credibilidad en las instituciones, como el Congreso de la República, la Administración de Justicia y los funcionarios mismos que hacen parte de estos cuerpos de los poderes públicos, terminan por permitirnos muchas reflexiones y muchas maneras de interpretar el fenómeno social que vivimos contrariando los principios y fundamentos de derecho que procuren la vida, la salud, la seguridad y sobre todo, el respeto de unos y de otros.

La Administración Púbica, ha entendido que lo fundamental para quienes ejercen su cargo, es aprovechar su cuarto de hora en el poder, no importa la forma como llegaron a ella, no importa su permanencia o durabilidad en los mismos, sino que sus elementos y el conjunto de sus facultades están direccionados única y exclusivamente en procurar intereses personales y de partido, o bien de beneplácito no con sus electores, sino con los que se han encargado de facilitarles o propiciarles los recursos para llegar a ellos y por tanto, son las dádivas y la reciprocidad en compensarlos, todo el andamiaje sobre el cual se mueven en la cosa pública.

Entonces los elementos mínimos de la filosofía del servicio público, la finalidad de esos cargos y la trascendencia que pudieran lograr en procura de las comunidades, pierden su razón de ser, terminan por generar un distanciamiento rotundo, total, definitivo, del rol social que ocupan y de los fines que persiguen.

Es reiterado el enjuiciamiento que unas pocas voces hacen de la gestión de los dirigentes políticos, esto no tiene eco en las comunidades, que como borregos siguen y persiguen en cada proceso, supuestamente democrático y electorero, canjearse por pequeñas migas, de las que sobran en la mesa de los convidados y un tamal, un bulto de cemento o al menos, una promesa que nunca se ha de materializar, terminan siendo los elementos dinamizadores de una sociedad corrupta, envilecida por el oportunismo y de bruces rendida ante sus dirigentes.

Los espectáculos que hemos observado estos días y la forma como en determinado momento la economía o la reactivación de la economía se utiliza como escudo para propiciar un recrudecimiento del contagio de la pandemia que vivimos, es parte de esa manifestación que tiene que llevarnos a convencernos de que para nuestros dirigentes, la dignidad humana, la vida y la salud de los colombianos o de los habitantes de cualquier lugar del planeta, es mínima frente a la posibilidad de estar a la par en la moneda con el dólar o de alcanzar cifras que permitan utilidades para las transnacionales o para los emporios económicos.

Esta sintomatología de una realidad que no nos atrevemos a descubrir, a entender y a explicar a los otros, porque estos están con la cabeza gacha, esperando recoger pequeñas monedas, auxilios o prebendas del poderoso, terminan por generarnos un gran dolor de conciencia patria, de nacionalismo que en nada contribuye realmente, cuando los oídos se silencian, cuando los ojos no quieren leer la letra menuda de la realidad que se nos presenta y cada habitante se convierte en un delincuente que está a la espera del otro, para despojarlo de sus haberes, de sus bienes, de su vida.

Hace cerca de 26 años que llevamos a cuestas una columna de opinión, que ha resistido en este Diario del Huila, toda clase de situaciones conflictivas que se han podido generar con nuestra manera de ver la realidad social. A ratos consideramos que, a más de uno, le duelen nuestros comentarios, pero no podemos sustraernos a esta forma de ver las cosas, cuando la corrupción se ha tomado todas las instituciones, cuando la inseguridad es el pan nuestro de cada día y perdemos poco a poco, la confianza en el otro, que puede terminar siendo nuestro verdugo, nuestro victimario.

Paz en la tumba a los líderes sociales que se han atrevido a decir la verdad, la cual, nunca podemos dejar de pregonar y de alertar en una sociedad que vive la hecatombe del desastre y reina para ella en la más completa impunidad en medio del crimen y del dolor de los ciudadanos, digan lo que digan, esta es la realidad.